sábado, 14 de marzo de 2015

La última mirada


Prólogo

El mundo globalizado en el que nos ha tocado vivir. Una mezcla de culturas, tradiciones híbridas, comida basura, programas de televisión basura, tecnologías que nos conectan en apariencia y nos desconectan a la vez, guerras, terrorismo, migraciones. 

Los problemas que los movimientos migratorios conllevan van desde los millones de refugiados que dejan las guerras, cientos de personas que buscan cruzar las fronteras de los países del primer mundo para, en apariencia vivir mejor. 

En las Américas y en Europa, el auge de las izquierdas políticas y el deterioro de las economías debido a las gestiones deshumanizantes de los países capitalistas, son un criadero de ciudadanos que hacen sus maletas.
En Asia la situación no es diferente. Tampoco en Rusia. Los mercados pierden y ganan, mientras el petróleo sigue el mismo juego. Los países empeoran o mejoran dependiendo de la supercorporación que cada año hace sus números y siempre ganan. No así sus gentes.

Mientras, en Arabia, una tierra lejana y desconocida para muchos, pero llena de historias y magia. La abundancia de dinero proveniente del petróleo, los negocios en otros campos abiertos en los países desarrollados, la construcción, el orgullo religioso y étnico, hacen de esta zona del mundo una isla que parece ajena a los problemas que afectan al resto del mundo.

El petróleo ha convertido esta tierra en fuente de oportunidades para los miles de extranjeros de todo el mundo que encuentran las oportunidades que su país les niega.
Muchos se adaptan. Otros vuelven desencantados pues la vida allí es dura.

Las ciudades han crecido a un ritmo trepidante en medio de los hermosos desiertos, y las diferencias entre ricos y pobres son más que evidentes. Sin embargo, los extranjeros siguen llegando, atraídos por la riqueza y las variadas ofertas de trabajo que en la península arábiga abundan.

Sin embargo en medio de la bonanza, el terrorismo y los grupos extremistas también tienen campo para expandir sus ideas. Todo Oriente Medio es un hervidero y algunos países ni siquiera lo saben. Siria, Irak, Turquía, han estado luchando contra ISIS, pero ellos han llegado mas lejos. Europa ha venido siendo víctima de atentados en casi todos los países y la extrema derecha y los grupos más radicales y anarquistas han reaccionado contra los gobiernos que sólo se han dejado llevar por lo políticamente correcto para arreglar un problema que posiblemente ellos mismos han creado.

Tanta competencia por sobrevivir sólo deja una enseñanza:

O te adaptas o no sobrevives.

Pero, en un universo donde cabemos todos, y dónde aún muchas cosas nos son aún desconocidas, las casualidades que han permitido nuestra existencia, son lo suficientemente mas fuertes que nuestra capacidad de adaptación.

Capítulo I. Génesis.

10 años antes

Nos conocimos como mucha gente, entre copas y amigos. Tú me pedías fuego, yo apenas fumaba y nunca tenía ni cigarrillos ni mucho menos fuego para encenderlos. - la vieja técnica de pedir fuego- pensé. Pero me dejé caer en tu trampa.

Yo tenía poco tiempo de haber emigrado de mi país natal, a hacer un postgrado. Vivía en una habitación de alquiler, que pocos meses después cambié por un pequeño apartamento cerca del trabajo que encontré.

Vivíamos lejos, y tú aún con tus padres, por lo que los primeros fines de semana juntos eran normalmente insuficientes. Un fin de semana venías a verme. Otro nos veíamos en el punto medio de nuestras casas.

Resistimos varios meses así, hasta que la distancia nos dio por primera vez, la lección de que así, lejos, no se pueden llevar las cosas de dos.

Pasados varios meses, recibí tu llamada. Querías hablar conmigo. Me dijiste que me echabas de menos y que trabajaríamos juntos para estar cerca. No me importaron las causas de la ruptura, me juraste tantas veces que no hubo otro, que te creí, a pesar de saber que no era cierto. No me importaba.

Las cosas comenzaban a ir bien. Tu y yo trabajando, ahorrando, aún separados pero con la ilusión de poder estar juntos pronto.

- ¡Hola, te he conseguido un trabajo aquí en mi ciudad!, ¿Por qué no te vienes y haces una entrevista? El salario es bueno y no tendría que dejar mi trabajo.
- Es que yo ya tengo trabajo y no quiero renunciar, además no te lo había dicho, pero he estado viendo pisos y creo que ya he encontrado uno. ¿Por qué no buscas un trabajo por aquí cerca? - Me dijiste.

Una jugada a tu favor, pero yo en mi condición solitaria, emigrante y desarraigado, pensé que no era justo hacerte pasar por lo mismo que yo he pasado, viajando, alejado de mi familia.

Acepté y comencé a buscar otro trabajo, esta vez para poder vivir juntos.

En ese momento de bonanza, difícil no fue ni buscar ni encontrar, mucho menos escoger que trabajo quería. Pero tu pueblo es pequeño y hostil, y yo, extranjero doblemente de tu tierra, tenía las oportunidades limitadas. Sin embargo encontré un trabajo.

Nada tenía que ver éste trabajo con mi cómoda posición anterior: Madrugonazos, jefes hostiles, comidas recalentadas, compañeros haciéndome la zancadilla. Una pesadilla que por fortuna no se prolongó mucho.

Tras dos meses duros, y con el verano a las puertas, dejé mi trabajo, y con ellas una pequeña parte de la ilusión que me hacía haber ido a vivir juntos.

Pero los malos tiempos tienen su fin, y en pocos meses encontraba otro trabajo. Mejor empresa, mejores compañeros, mejores jefes. Las finanzas y la estabilidad laboral siempre han sido mis mejores aliadas para llevar bien nuestra relación.

Viajamos, paseábamos, íbamos a la playa en bicicleta a través de las marismas del río, pasábamos los inviernos juntos, muchas horas abrazados en el sofá, frente a la tele. 

Prolongamos nuestro noviazgo varios años, hasta que decidimos formalizar nuestra relación y casarnos, formar nuestra familia.

La boda fue sencilla, mis padres no estuvieron presentes, pues las limitaciones geográficas y presupuestarias se lo impidieron. Sin embargo nos desearon lo mejor. Incluso para la luna de miel los visitamos. Yo quise compartir la felicidad de estar juntos con ellos. Y ellos te aceptaron.

Durante ese tiempo intentamos agrandar la familia, pero por más que nos esforzamos y disfrutábamos de la búsqueda de un nuevo miembro, nunca llegó. 

La culpa no era de ninguno de los dos, o mejor dicho, era de los dos. No solo la incompatibilidad sanguínea, sino problemas hormonales míos y físicos tuyos, fueron el obstáculo para poder hacer realidad esta parte de nuestro matrimonio que tanto nos hubiese gustado vivir. Al poco tiempo tuviste que someterte a una cirugía y eliminar definitivamente las posibilidades de ser padres juntos.

Para compensar la carencia, adoptamos a dos perritos. Éramos una familia, extraña, pero familia. Los sobrinos y los perros se convirtieron en la descendencia que no pudimos concebir.

Los años pasaron tranquilos, con los altos y bajos, dentro de un clima de bonanza y estabilidad que jamás me había imaginado. Éramos felices.


Capitulo II. Éxodo

Pero incluso los años de bonanza llegaban a su fin.

Verano 2008

Estalla en Estados Unidos la crisis financiera que pronto salpica a Europa y sobre todo a las economías más vulnerables como la Española.
Años y años viviendo de la construcción y de un día para otro los bancos cierran los grifos de los créditos y cientos de empresas se quedan sin financiamiento y con ellas comienzan un tsunami de despidos y todas las consecuencias: Familias con todos sus miembros en el paro, desahucios, mendicidad, suicidios, protestas, etc.

Recuerdo cuando entraste por la puerta diciéndome que os echaban a todos, que la empresa cerraba.

- No pasa nada. Ya vendrán tiempos mejores. De momento tengo 2 años de paro en los que me prepararé para hacer otra cosa... además, no me gustaba mi trabajo... ya verás que es lo mejor - te excusaste como de costumbre.

Ese año pasó con la incertidumbre de los frecuentes cierres de empresas y miles de amigos perdiendo sus trabajos, sus casas... todo.

Finalmente llegó mi turno y mi empresa, hasta entonces próspera y con promesas de estabilidad a largo plazo, sucumbió ante el toque de la peste negra que ya contaminaba las economías de casi todo el mundo.

El despido, fue rápido, certero y esperado. Días antes venían despidiendo a algunos de mis compañeros que, optimistas, luego quedaban para hacer una cerveza en grupo. Aún conservo en el móvil sus números y de vez en cuando nos escribimos. Era verano de 2009, justo un año después de ti, yo también perdía mi trabajo.

Constante fue la búsqueda. Intensa. Incluso me planteé en dejar mi carrera y dedicarme a otras cosas.

Pero no hubo suerte. La economía estaba herida de muerte y con ella las empresas y millones de ciudadanos sin trabajo que no encontraban ya ni siquiera sustento.

Las previsiones no eran tampoco optimistas - Pasarán al menos 6 años para poder comenzar a recuperarnos - sentenciaban los economistas.

Un año justo duró mi subvención de desempleo. Año durante el cual busqué y estudié... tú me acompañabas y me apoyabas durante ese tiempo, aunque también estabas en mi situación. Pero la búsqueda fue en vano.
A partir de entonces deberíamos sobrevivir con lo que teníamos ahorrado y eso nos daría como para mucho para otro año mas.

- Y luego ¿qué? - te preguntaba.
- No lo sé. Habrá que irse a otro lugar... ¿Cómo están tus padres y hermanas? ¿Han mejorado las cosas allí?
- No, las cosas siguen igual... o peor.

Una profunda crisis ya tenía tiempo asolando mi tierra. Miles de paisanos ya se encontraban emigrando por el mundo buscándose la vida, como yo. Sólo que yo ya había encontrado mi hogar. Allí tendría las mismas nulas oportunidades de sobrevivir.

- ¿Y por qué no buscas en uno de estos países emergentes con mucha pasta y muchos proyectos?

- Pero vamos a estar lejos... ¿es lo que quieres?
- No, pero solo será un tiempo. Esto no durará para siempre - aseguraste.

Casi como si de una premonición se tratase, comencé a buscar por internet empresas en el extranjero. Primero en otros países de Europa menos afectados por la crisis. Luego Norte América, finalmente Oriente Medio.

Casi de inmediato comenzaban a llover las ofertas desde lugares para entonces exóticos para mí como Dubai, Riad, Kuwait, Mascate. No me podía creer las oportunidades que se me presentaban así que decidí apostar por la oferta que me permitiría ahorrar mucho más y pasar la crisis con beneficios.


"Senior Project Manager in Doha. Architect with management experience..." - Wow! no me lo puedo creer. Los salarios son altos - me deslumbré por las ofertas.

Inmediatamente lo hablamos y acordamos que nos daríamos un par de años mientras la situación mejoraba.

Durante ese tiempo nos estaríamos viendo no sólo por Skype sino que intentaría venir con frecuencia a casa... o tú irías a verme.

La respuesta de la empresa fue rápida y en pocos días ya me encontraba haciendo las maletas y partiendo a Doha. Te dejaba atrás, pero tenía la certeza de que valdría la pena.

Los dos perritos presentían la separación y esa última noche durmieron junto a nosotros en la cama, justo después de habernos hecho el amor.


Capítulo III. Doha

Doha era una ciudad hostil. Contaminada, congestionada, en plena construcción, llena de hollín y arena y además fría en diciembre. Era invierno de 2014 y el viento del Golfo y la arena del desierto junto a la de tantos edificios en construcción, creaban un manto blanco que por las noches se encendía gracias a los millones de neones que decoraban los horrendos rascacielos.

El trabajo no era menos hostil y mi jefe resultó ser uno de esos negreros que abundan en Oriente Medio, que explotan a los trabajadores sobre todo cuando son ignorantes e indefensos, vamos, como la mayoría de los que van a estos lugares a por oportunidades de echar para adelante.

A mi cargo tenía a algunos técnicos que hacían previsiones y dibujos para mí, así como algunos oficiales que trabajaban la madera, el vidrio, el metal, las telas, el mármol... un mundo fascinante, que disfrutaba y que me distraía de los momentos de soledad que supongo tu también estabas pasando.

A veces trabajaba por las noches con un escuadrón de filipinos que se dedicaban a las más diversas tareas, carpinteros, electricistas, albañiles. Eran fieles y muy trabajadores. No tardaron mucho en hacerse con mi simpatía.

Cada noche llegaba al hotel, compartía varias horas de Skype contigo, buscábamos placer bajo las sábanas. Leíamos las noticias juntos. Alejados pero juntos cada noche a través de nuestras frías pantallas.

Algunos fines de semana, que por cierto, no eran muy largos, salía a beber alguna copa en los bares que copaban los extranjeros en busca de alcohol, en alguno de los tantos hoteles de lujo de la ciudad.

Tanto lujo, por cierto, me hacía sentir aun más extranjer y ajeno a aquel lugar.

Rodeado de tanta banalidad, sin embargo, comencé a hacer amigos. Algunos en mi misma situación, otros buscándose la vida. Algunos de ellos llevaban años allí, otros tenían los días contados, otros morían por huir.

En los momentos de mayor soledad fueron mi apoyo moral cuando las cosas no iban bien en el trabajo o cuando la distancia me hacía dudar si tenía sentido mantener nuestra relación a tantos kilómetros de distancia.

Pero fui firme y tuve valor. Lo que sentía o por ti superaba, incluso, la barrera de fronteras que nos separaba.

A mis amigos lamentablemente no los conocí hasta después de las fiestas de navidad y año nuevo, por lo que fueron días duros que me hicieron comenzar con mal pie mis días en Doha. Por delante nos quedaba aun un año para volver a vernos, así que hice un calendario en cuenta regresiva que me daba, no sé por qué, ánimos para resistir.

La gente siempre me preguntaba si estaba casado y el porqué no teníamos hijos. La respuesta siempre intentaba matizarla con un poco de humor y verdad absoluta: No se ha podido. No siempre quería tener que dar explicaciones de un tema tan personal, en el que algunos, supongo que por su cultura sugerían que si no “servías” que me buscase a otra (vaya solución, pensé). También me preguntaban por qué no venías conmigo aquí, honestamente, siempre me hice también la misma pregunta, pero tu familia, los trabajos que ibas encontrando, atender a los perritos, siempre fueron las excusas perfectas para no tenerte cerca.

- Alguien tiene que cuidar de casa. Además su trabajo no se lo permite. en este momento necesitamos tener trabajo los dos. - No daba mayores explicaciones. Tampoco hacían falta, no era problema de nadie al igual que nuestra imposibilidad para procrear.
 
Una de tantas noches después de pasado el caluroso e insoportable verano, comenzamos a ver con demasiada notoriedad noticias del mundo astronómico, cosa que nos extrañaba, dado lo convulsionado que estaba el mundo en otros aspectos: las guerras en Siria e Irak, los atentados en Paris, el colapso económico de las grandes potencias, la vuelta del comunismo a algunos países europeos.

La noticia de un cometa que pasará cerca a la tierra, no dejaba de ser un respiro científico dentro de tanta porquería que transmitían los noticieros de la televisión y la basura de realities que emitían otros tantos canales.

- El cometa Gabriel pasará por segunda vez cerca de la Tierra durante la noche de navidad. comentaban en CNN.

- Es la primera vez que se observa este cometa, que pudiera ser el mismo que fue registrado por los antiguos Asirios hace mas de... - Comentaban en Al Jazeera.

- Una vez que dé la vuelta detrás del sol, la gravedad de éste podría o bien cambiar la trayectoria o bien ser absorbido por su campo gravitacional, o seguir su curso normal de más de 10.000 años. Es un evento astronómico sin igual - dijeron en BBC.

Pocos días pasaron hasta que el cometa fue visto a simple vista en los cielos contaminados de Doha. Me hizo falta ir una noche a las costas del norte para poder ver finalmente a Gabriel, que, cómo te lo dije esa misma noche, fue como un regalo de cumpleaños. Una vela que se encendía en el cielo oscuro, y que se iba apagando con los vientos fríos de la madrugada.

- Es una lástima no poder compartir esto juntos. ¿Recuerdas en verano cuando siempre vamos a la playa por la noche a ver la lluvia de estrellas?

- Si, a mí también me gustaría poder verlas contigo.- Dijiste.

- Menos mal que para navidad nos veremos y en un abrir y cerrar de ojos ya estoy cogiendo un avión. Podremos ver pasar a Gabriel por segunda vez desde casa y como regalo de navidad.

- ¡Feliz cumpleaños! Ya queda menos para vernos y poder hablar- replicaste antes de colgar.

¿Hablar de qué?, si cada día hablamos. No le di mucha importancia.  

Los días fueron pasando rápido pero interminables, las noticias y las llamadas eran cada vez más insuficientes y vagas. Las jornadas laborales cada vez más agobiantes y absorbentes. Cada día me cuestionaba si valía o no la pena estar tan lejos. El dinero, la sociedad materialista en la que vivimos, las clases sociales cuyas funciones específicas hacen más miserable la vida, tanto las suyas como la mía propia.

Las noticias de Gabriel desaparecían a la vez que el cometa se escondía detrás del sol.

Seguían estallando los conflictos políticos y las relaciones internacionales se volvían tensas sobre todo en países de donde provenía la mayoría de la clase obrera en Doha.

Miles de Pakistaníes y Bangladesís rebosaron de un día a otro el aeropuerto o bien expulsados por Qatar o bien volviendo para ser reclutados por el frente de guerra que se volvía a abrir con India y China. Otros simplemente volvían para poder proteger a sus familias en las zonas donde estallaban los conflictos más graves.

Ni la falta de esta mano de obra barata detenía el ímpetu constructor de Catar. Mientras miles de unos iban, cientos de otros ciudadanos, de otros países,  llegaban y seguirían llegando en sustitución.

La preocupación por la situación reflejada en los noticieros y la aparente calma que se vivía en Doha, era entre paradójica y alarmante. Nada parecía importar más que el bienestar del país. El mundo podía caerse entero, pero allí seguiría el Emirato, rico, fuerte, poderoso; desértico, pequeño, aislado.

17 de Diciembre 2015

- Hola, ¿qué haces?

- Llegando de trabajar, en un rato salgo a cenar.

- ¿No lo sabes aún?

- ¿Saber qué? apenas me entero de nada que no sea mi puto trabajo. Cuéntame. – te dije, después de presentir que algo no andaba bien-.
- Es Gabriel. Ha dado la vuelta al sol.

- ¡Ja ja ja!. Por fin ha dado muestras de vida... llevaba días desaparecido. A ver si nos distrae un poco de tanta noticia horrorosa en la tele.

-¿En serio no sabes nada?

- Lo mejor que nos podría pasar es que venga directo a nosotros y acabe con tanta mierda de una vez por toda - bromeé.

Inmediatamente, me asomé por la ventana y vi coches a toda velocidad, gente corriendo con bolsas y maletas a sus coches aparcados en la calle.

Una ola de gritos, algunos en la lengua que aún no había logrado aprender, comenzaba a crecer como un tsunami.

La conversación de Skype comenzaba a entrecortarse, supongo por la alta demanda de personas haciendo llamadas a sus familiares a la vez.

- Gabriel ha cambiado el curso y viene a la tierra.

- No jodas! déjame poner la tele - asombrado e incrédulo repliqué.


Capítulo IV. Apocalipsis

Todos los canales mostraban atónitos la noticia. Gráficos de trayectorias del cometa y científicos de prensa rosa llenaban las pantallas con una tranquilidad a la hora de explicar lo que sucedía, que parecía más una broma de mal gusto que entre todos se ponían de acuerdo para hacernos, que una noticia verdadera.

- ¿Qué vas a hacer? El impacto será entre navidad y año nuevo. Los científicos dicen que no se puede hacer nada, que es inevitable por el tamaño del cometa. - atinaba a entenderte en la entrecortada conversación que teníamos.

- No sé qué decirte, no me puedo creer nada de lo que está pasando. Cogeré 4 cosas e intentaré coger el primer avión que pueda. No sé lo que pueda pasar de ahora en adelante pero no apagues el móvil, te llamaré en cualquier comento.

- Cuídate.- me dijiste - No hagas ninguna locura. – Me dejaste esperando el “te quiero habitual”.

- No se acabará esto... no sin antes verte por última vez- repliqué mi promesa.

No supe si la conexión te permitió escuchar mi promesa, pero yo seguí insistiendo en la promesa a través del móvil, que cada vez fallaba más.

Inmediatamente, abrí el armario, saqué un par de maletas y metí en ellas las cosas más necesarias. En una de ellas las cosas sin las que no me iría, fuese cual fuese la situación:

- 2 mudas de ropa-
- algo de comida
- Agua (si me la dejan subir en el avión).
- pilas y cargador para el móvil.
- parte de mi dinero (otra parte en el bolsillo y otra en la segunda maleta)
- tu foto... y la de los perritos.
 
En la segunda maleta. Mucha más comida  y alguna camisa de mas, algunos productos de higiene personal, mucha agua. Hasta me atreví a meter un par de botellas de vino y whisky que escondía en el armario y unas cuantas latas de cerveza que recientemente había comprado en el "Haram Market".

Intenté reservar por internet billetes para esa misma tarde. Las líneas telefónicas fallaban, por lo que era imposible acceder al portar de las aerolíneas. Finalmente un mensaje que decía:

- Todos los trámites deberá realizarlos directamente en el aeropuerto más cercano. A pesar de la situación de emergencia a nivel mundial, los trámites migratorios siguen vigentes por lo que deberá disponer de visado para su lugar de destino, así como el permiso de salida de Catar expedido por su empresa o por el ministerio de relaciones exteriores.

Cogí inmediatamente las maletas, y el coche que la empresa me había dado y fui directo al aeropuerto. Afortunadamente no necesitaba el permiso de salida ni visado para volver a mí país, por lo que supuse que sería un trámite que descartaría a muchos de los viajeros y yo, quizá tendría más oportunidades de volar.

Al salir, las calles ya tenían aspecto de caos y sólo habían pasado unos pocos minutos. Los coches se abalanzaban por las avenidas, sin respetar semáforos.

Desde mi apartamento al aeropuerto no dejé de ver colas de gente en los abastos, sobre todo los ciudadanos locales. Los extranjeros a pie, en coche, en transporte, llenábamos las avenidas.

Mientras iba conduciendo, llamaba a algunos de mis amigos para saber de ellos y de sus planes.

- Lo siento, yo me quedaré aquí. Rezaré por mí y por mi familia. Mi empresa no le dará el permiso de salida a nadie. El dueño ya se ha ido y al no haber nadie autorizado para firmar estamos atrapados. Lo único que podríamos hacer es pedir en las embajadas o Ministerio del Trabajo un recurso para poder salir, pero todo está colapsado. Las instituciones han cerrado y no hay respuesta telefónica diferente a lo que te explico. No sé que mas puedo hacer salvo quedarme en casa tranquilo. Es eso lo que el destino nos había preparado. ¿Tú que harás?

Le expliqué a Kunwar mi "no plan" y la posibilidad de intentar salir por el aeropuerto. Sino intentaría salir vía terrestre e intentar coger un avión o bien por los Emiratos o bien por Arabia Saudita.

- Estás loco, pero rezaré por ti. - replicó Kunwar.

También hablé con un par de amigos mas:

-¿Tu que harás Koldo? te quedas o te vas? yo voy al aeropuerto ahora mismo para intentar salir. Si quieres nos vemos allí, podríamos intentar coger un mismo avión a España o Francia y de allí nos será más fácil ir a nuestras casas.

- Yo no tengo nada en mente aún. No es mala idea lo que me dices de irte por tierra, pero no creo que lo del aeropuerto vaya a ser posible, el aeropuerto está colapsado y puede que en breve suspendan todos los vuelos a nivel mundial. Puede que hasta te cueste tanto dinero que ni siquiera lo tengas. - Dijo Koldo.

-Yo ya estoy en la terminal privada real, mi empresa nos manda en vuelos privados a todos los ejecutivos, soy muy afortunado. Siento no poder echarte una mano, pero haré lo que pueda para informarte y darte pistas desde Cairo. - Replicó Rashid.

De momento, recordé a todos mis trabajadores, que estarían aterrados y sin posibilidad de hacer nada. Yo no había siquiera hablado con nadie de la empresa, dada mis tensas relaciones laborales. Hasta llegué a asumir que mi jefe era de los que se había ido sin dejar nada resuelto, por lo que decidí llamar a la Fatumah, la secretaria.

- No sabemos nada de Mr. Rafiki, el estaba en Dubai y luego iría a Beirut para cerrar unos contratos. Los que no tenemos permiso de salida no podemos hacer nada sin su firma. Esperamos noticias de su paradero. Se suponía que llegaba hoy.

- ¿Y de los filipinos sabéis algo? ¿Están bien? ¿Alguien les ha avisado?- repliqué.

- No lo sé. Quizá deberías encargarte tu de ellos. De todas formas, aunque Mr. Rafiki aparezca, ya sabes que ellos no son la prioridad.

El corazón se me rompió en dos al escuchar tal respuesta. Por un lado tenía claro el rol social que en este país se le da a los más pobres, pero por otro sabía que aunque en otra escala social, yo también era parte de la falta de interés respecto a mi destino que tanto la empresa, como Mr. Rafiki tendrían en ese momento.

Las comunicaciones cada vez fallaban más y más. El tráfico ya se hacía cada vez más lento y caótico por cada kilómetro que me acercaba al aeropuerto. Las siluetas de los rascacielos detrás del Museo de Arte islámico eran un aliciente de que cada vez estaba más lejos de Doha, y más cerca de ti.

Intento llamarte de nuevo pero, no comunica, me desespero. Y hago una última llamada a Richard, uno de los filipinos que trabaja para mí y a uno de los que más confianza y aprecio le he cogido.

- Richard, ¿estáis bien por allí?

- Si señor, es muy triste lo que está sucediendo, pero está todo bien, estamos muy tranquilos. Todos rezamos, pues si es lo que Dios ha querido, así tiene que ser.

- ¿No tenéis pensado iros y encontrar a vuestras familias?

- No señor, ya sabe lo que nosotros somos en este país. Somos un equipo y nos apoyaremos entre nosotros hasta el final. Sólo Willy quiere irse, pues su familia está en otros países, pero a Filipinas sabe que no puede volver.

- Bueno Richard, no os desaniméis, yo estoy intentando ir al aeropuerto. Siento no poder hacer nada por vosotros, pero rezaré por vosotros y no os olvidaré.

- Muchas gracias Señor, pediremos por usted.

Cuelgo y suena inmediatamente el teléfono.

- Sal de allí ya! da la vuelta, el aeropuerto está tomado por las fuerzas armadas - era Kunwar.

- ¿Por qué? ¿Qué pasa?

- La situación se ha salido de control, varias personas se han puesto violentas y han comenzado a discutir y a tirar cosas por el aire en el aeropuerto. ¿Ya estás allí?

- No, no he llegado aún, pero veo que viene gente corriendo hacía acá.
- Sal de allí rápido, estoy viendo las noticias, gente con bombas y armados han tomado el aeropuerto, afuera está el ejercito con helicópteros.

- Sí, los puedo ver. Doy la vuelta inmediatamente.
-Sal ya! -Ordenó tajantemente Kunwar - han matado a varios reporteros y policías, y amenazan con derribar aviones y helicópteros.

La gente corría ya a mi lado. Aún eran pocos los que histéricos pasaban cómo si no hubiese nada por el camino  y, como pude, logré maniobrar para dar vuelta y pisar el acelerador por la avenida en sentido contrario que estaba, más bien vacía. Kunwar seguía al teléfono.

- Oh! Dios mío! han derribado un avión que despegaba. -Replicó por el teléfono

Por el retrovisor pude ver la explosión e inmediatamente escuchar la fuerte detonación.

- Ponte a salvo, huye hacia.... - la comunicación cortada interrumpió la sugerencia de Kunwar.

La conversación se cortó, mientras en paralelo más detonaciones se escuchaban en el aeropuerto.

Las calles se comenzaban a llenar de gente histérica que corría sin rumbo y que comenzaban a romper las vitrinas de algunas de las tiendas de la calle.

En medio del caos no se me ocurre otra mejor idea que repostar el tanque de gasolina del coche y veo como varios 4x4 llenaban sendos bidones y salían en dirección sur. El cliente anterior, que huyó sin pagar, se dejó 2 de los 8 bidones a medio llenar. Sus manos temblaban tanto que la mitad de la carga quedó esparcida en el suelo, convirtiendo la gasolinera en una bomba de relojería.

Cojo los dos bidones que se ha dejado el hombre que llevaba su coche repleto a 4 caras. y los hago entrar en el ya pequeño maletero del coche que aún luce las insignias de la empresa.
Cierro el coche con prisas y pienso en dirigirme hacia el sur, mientras veo que la horda de gente se acerca a la gasolinera con palos y gritando incomprensibles frases,   fuera de control, poseídos por quién sabe qué demonios.

Durante el escape intenté llamar de nuevo a Koldo, pero no hubo respuesta. Nunca más supe de él. Me hubiese gustado tenerlo de compañía pues nuestra  ruta era prácticamente la misma. Aún así tome la ruta del sur, que me llevaba a la frontera Saudí, un país donde difícilmente podría entrar, pero es la única salida por vía terrestre.

Me detuve en Industrial Area, donde por última vez pude ver en persona a "Mis Filipinos" para despedirme de ellos.

- Señor, ¿Qué hace aquí? ¿no iba al aeropuerto? Gracias a Dios está bien. Pensamos lo peor cuando vimos las imágenes por la tele.

- ¿Aún hay tele? - pregunté a Richard.

- No señor, el cable cayó hace rato igual que internet. A veces hay señal por el móvil, pero...

- Coño! no tengo señal! rechisté mientras veía mi móvil.

- No se preocupe, Willy es un genio de las telecomunicaciones. A eso se dedicaba antes de venir. El podrá hacer algo por usted. Es él quien ha arreglado la tele y por eso cogemos señal desde algún satélite.

Carlitos es muy bueno con la electricidad y aunque todavía queda, en cualquier momento estamos seguros que la cortarán. De momento vemos repeticiones de cadenas de otros países. El mundo es un caos, pero hay cosas que siguen funcionando... los satéli...

- Es increíble cómo se ha ido todo a la mierda en tan pocas horas -añadí.


Capítulo V. Colapso

     - Hola. Te echo de menos. Espero poder estar pronto en casa. Necesito verte antes que todo acabe.

-Message error. No Network

-Mierda! -susurré a mitad de la noche.


La poca luz que quedaba ya en la ciudad dejaba, por primera vez, ver el estrellado cielo, claro y frío. Ya no habían brumas de arena, ya no encandilaban los rascacielos. El horizonte mostraba los vertederos de desperdicios industriales que hacían la antesala al desierto, apático y esquivo como sus propietarios nacionales.

- Duerma Señor, mañana será un largo día. Descanse y mañana tome una decisión- susurró Richard que se percató que estaba despierto y sentado en el patio trasero de la nave.

- No puedo Richard, mi cabeza está dando tantas vueltas que no puedo conciliar el sueño.

- Le acompaño. pero dígame Señor. ¿Qué quiere hacer?

- Necesito llegar a casa. Y no sé cómo hacer para cruzar tantas fronteras y recorrer tantos kilómetros.

- Bueno Señor, discúlpeme, pero yo creo que Usted solo no puede.

- Lo sé, Richard.... - repliqué derrotado - sólo se me ocurre emborracharme para ver si pierdo la conciencia, o se me ocurre algo, o muero de shock etílico...

- Me gustaría ayudarle señor... yo también tengo ganas de probar por última vez una buena cerveza, pero lamentablemente en eso no puedo ayudarle. Ya sabes que nosotros tenemos prohibido comp...

- ¿Cómo que no puedes ayudarme? Busca unos vasos y dile a los chicos que vengan... sé que están despiertos porque escucho sus susurros. Ya vuelvo.

Capítulo VI. El Plan

- Miren lo que tenía guardado en el coche.... ¡y aún están frías! - me incorporé al grupo con las cervezas que metí a última hora en el maletero de coche.

Los filipinos agregaron unos cuantos trozos de queso y patatas chips.

Entre risas y chistes, logramos olvidarnos por unos momentos de lo que sucedía y finalmente sentado en una silla comencé a cabecear y me quedé dormido sobre la mesa.

Los chicos como de puntillas, desaparecieron a sus camas y me dejaron descansar.

Al amanecer el primer rayo de luz me despertó por unos instantes. Frente al horizonte no solo comenzaba a asomarse el sol, sino que Gabriel también se mostraba, espléndido y blandiendo su espada, certero y directo a nosotros. Volví a apoyar mi cabeza sobre la mesa y seguí durmiendo... el frío de la terraza se disipaba bajo la manta que los chicos me habían procurado mientras dormía.

- ¡Señor! ya sé que puede hacer. Le ayudaremos. - saltaba la voz de Richard en medio de la mañana mientras yo aún entreabría los ojos.

18 de Diciembre

- Hola, buenos días... ¿qué pasa? ¿Cuéntame? -balbuceé medio dormido.

- Sé cómo podéis salir de aquí. -afirmó Richard.

El gran problema para salir de Qatar vía terrestre, son las restricciones fronterizas que hay para ciudadanos que no son del bloque del Golfo.

Además de los peligros que significaba la situación en sí, cómo había enloquecido la gente y cómo otros se habían tomado la noticia como una señal divina y, queriendo salvarse, habían llamado a su yijad personal.

Otro problema era el coche. Era de la empresa y tenía incluso las pegatinas: MiddleEastFitOut, en letras verde pistacho. Con este coche corríamos el riesgo de no poder salir por la frontera, pues darían el coche como robado y, con tanto loco suelto, acabaríamos colgados en una plaza o con las manos amputadas... una no muy bonita manera de acabar la vida.

- Willy le acompañará - dijo Richard - el quiere llegar a Beirut para encontrarse con los suyos, señor.

- Pero... ¿y qué hacemos con el coche? ¿Cómo os mantendréis comunicados? él es vuestro chico....

- No señor, él es el único que ha querido irse. Es su decisión. Además os ayudará a estar comunicados. El sabe mucho... fíjese, ya hasta ha logrado que tenga señal en su teléfono...

- ¿Qué? ¿Cómo? ¿Desde c...

Richard sonreía y se alegraba por mí... sin embargo detrás de su sonrisa ocultaba que él no podía emprender una aventura como la mía.

- Seguimos teniendo ahora 2 problemas... El coche y Willy... ¿Cómo saldrá del país?

- El coche? pues... tendremos que encontrar uno... y Willy, pues tendremos que buscarle papeles... conocemos a alguien Señor... no sabemos cuanto pueda costar, pero siempre habrá otra solución.

Inmediatamente fuimos unas varias calles más a un lado u otro del polígono industrial.

Las calles destrozadas y las chatarras acumuladas a cada lado de las calzadas, daban la sensación de que todo había comenzado años antes. Eso es Industrial Area.

De entre las chatarras de un terreno que utilizaban para reciclar piezas para camiones, sale un hombre alto, moreno, y difícil de ver. Parecía pakistaní.

- Al Salam Malaikum - dijo fuerte y claro el hombre

- Malaikum Salam - dijimos nosotros e inmediatamente Richard prosiguió contándole lo que necesitábamos y porqué le habíamos venido a ver.

Ahmed, que así se llamaba, era realmente Saudí y había trabajado para la policía local, pero a pesar de su aspecto, que era sólo para disimular, seguía teniendo contactos con muchos organismos públicos, incluyendo los de identificación, inmigración y seguridad, y se dedicaba a los delitos como falsificación de documentos, contrabando de alcohol. Tenía ojo para saber a quién dejar entrar o salir del país, pues él mismo no quería que nadie llamase la atención.

- y... ¿Para qué queréis iros ahora? no sabéis que el mundo se está acabando? ¿Qué sentido tiene que yo os haga esto ahora? ¿Crees que podrás llegar a España a verte con tu "amorcito"? ¡Que tontos sois!
- Bueno eso ya es problema nuestro, aquí tampoco hacemos nada esperando el fin del mundo. Prefiero hacer un último viaje y más si el destino final es ver a mis seres queridos.

- Mira, ese no es mi problema... yo te puedo ayudar, pues ahora nada importa, no creo que ya pueda pasaros o pasarme algo si os pillan... obviamente tu dinero ya ni me va ni me viene... no sirve para nada... y no tienes nada material que me puedas dar....

- ¿qué quieres? corté tajante.

- Por los papeles del coche quiero que lleves a mi hermano a Tabuk.

Te queda de camino. Además os servirá como guía y traductor. Su mujer vive ahí y es una posibilidad para él... al que también se le ha metido esa estúpida idea en la cabeza.

- y por los papeles de Willy, ¿Qué quieres?

Su sonrisa no ocultaba sus intenciones... no eran precisamente buenas.

- Bueno, yo aquí estoy sólo y quedan pocos días para que se acabe el mundo así que hay dos cosas que necesito hacer... Beber y follar.

- Tengo una botella de whisky... -le interrumpí.

- Yo no necesito alcohol, yo lo contrabandeo... y mujeres... por aquí no hay... así que me conformaré con alguno de vosotros.

Nuestras caras eran de asombro, no podíamos creer lo que escuchábamos pues el hombre a pesar de corrupto, daba muestras de persona religiosa.

- No sé si te podemos ayudar con...

- Decidid rápido, sino os pediré a los 3 que me sirváis....

- De acuerdo, lo haré yo - respondí - era mi responsabilidad y mi plan así que era injusto que otros tuviesen que sacrificarse por mí.

- ¡Pero Señor! - susurró Richard.

- Pero primero queremos los papeles.

- De acuerdo, los voy preparando... tú también vete preparando... - Sentenció Ahmed.

El corazón estaba a punto de estallar, mi cabeza seguía dando vueltas, y no entendía como había aceptado semejante propuesta, salvo por las inmensurables ganas de poder reunirme contigo. Los chicos me veían con cara de asombro mientras Ahmed preparaba los documentos. Al estar las redes de comunicaciones caídas, sacar el coche sería más fácil, pues no habría manera de comprobar en los sistemas. De todas formas, el también seguía conectado gracias a Willy, que había pasado unas cuantas veces por allí a arreglarle problemas electrónicos, a veces a cambio de alcohol, otras a cambio de ayudar a algún paisano.

- Ya está... aquí tienes los papeles del filipino y los del coche... he preparado otros papeles para que Ismayl los lleve en caso que tengáis que cambiar de coche... pero honestamente, todo está tan mal que dudo siquiera que lleguéis a Ryad... ahora ven conmigo... veo que estás listo.

Mi ropa se encontraba colgando sobre una silla de la improvisada oficina, y Ahmed me llevó a lo que podría describirse como una habitación, detrás de unas cortinas igual de sucias que el resto de las estancias.

La decoración consistía en cajas de comida rápida o bien pizza o de pollo además de decenas de botella a medio vaciar, vasos y una bombilla que colgaba de un cable.

Yo yacía tembloroso sobre el colchón en el suelo, que olía a las cientos de personas que por allí habían pasado para pagarle a Ahmed sus favores...

- Ponte de espaldas - ordenó.

Yo cerré los ojos y preferí pensar en lo cerca que estaba de acabar de pasar por ese trance y lo pronto que estaría rumbo a casa y me di la vuelta... de cara al estampado curtido del inmundo colchón.
De repente escucho un golpe y el cuerpo semidesnudo y pesado de Ahmed cae sobre mi espalda.

Su propio hermano le había golpeado con una llave inglesa en la cabeza. Algunas gotas e sangre comenzaban a correr sobre mi espalda, donde su cabeza había caído.

-Esto no es correcto. Tú también me ayudarás a mí y no es justo que Ahmed te haga esto. Va contra nuestras creencias. - sentenció Ismayl - vámonos de aquí antes que despierte... si es que despierta.

Cogimos los papeles que Ahmed había preparado y corrimos al coche.

Willy y Richard no entendían lo que sucedía pero lo pudieron intuir por la mancha de sangre que vieron en mi espalda antes de vestirme y salir corriendo.

De vuelta a la nave, los otros filipinos ya habían quitado las pegatinas empresariales del coche, y hasta le habían dado un toque de lija y pintura para que no se notase que no era de la empresa.

A mediodía ya estábamos rumbo al sur, el llamado al Zuhur nos lo anunciaba. Las mezquitas parecían seguir funcionando con normalidad. La frontera Saudí y la primera prueba nos esperaban.


Capítulo VII. La Estrella de Benz

- Hola. Sólo quiero que sepas que estoy bien y que voy de camino. Espero que puedas escuchar y responderme el mensaje. Besos. Te quiero. - dejaba una y otra vez el mismo mensaje en tu contestador.

Tampoco paro de intentar llamar a mis padres y hermanas. Pero ellos están aún más lejos. En América. Ya seguramente haciéndose la idea de que ya no nos veremos nunca más.

- Plop - Suena el móvil, mensaje de mi hermana:

“Hola hermano, espero que estés bien. Las líneas telefónicas no funcionan, pero hemos logrado conectarnos a un satélite por internet y es la única manera que tengo para saber de tí".

- Tienes skype? –respondí.
- Si! estas bien! Gracias Dios!
- y vosotros?
- Mis papás están tristes porque no podemos estar juntos en esto. No hacen sino rezar por todos.
- Te llamo...
- ¡Dale!

Iniciaba sesión en la tableta, no pudiéndome creer lo que Willy había sido capaz de hacer... ¡me podía conectar con mi familia!

- Hola peque! dónde estás?
- Estoy yendo a Arabia en coche.
- ¿No me digas que después de esto sigues trabajando? – mi hermana sabía de las esclavizantes jornadas laborales que hacíamos en la empresa y por un momento pensó que nos obligaban a seguir trabajando.
- No, estoy intentando llegar a casa.
- Estás muy lejos... Estás loco... por aquí nosotros bien, estamos intentando pasar el trago amargo. Nos hemos reunido en la iglesia donde tienen conexión satelital y muchos de nosotros hemos estado hablando con nuestras familias. Pensé que no te volvería a ver.

Sus lágrimas parecían un reflejo de las mías del otro lado de la pantalla y a miles de kilómetros de distancia, pues yo tampoco pensé que nos volveríamos a ver, ni siquiera por éste medio.

- Mis papás vendrán pronto. En la casa tenemos de todo pero no estamos seguros. Hay gente como loca saqueando por las calles, matando... cómo si esto no fuese suficiente. Aquí en la iglesia estamos a salvo. – Mi hermana, muy religiosa, siempre buscaba respuestas a todo en la iglesia, desde pequeños problemas domésticos, hasta cataclismos de fin de mundo.

- ¿Sabes algo más del cometa? ¿Qué dicen en las noticias? ¿Hay tele allí? pregunté.

- No, no hay tele ni nada. Tampoco luz. Estamos usando a ratos la planta de la iglesia. Y agua, gracias a Dios hay un depósito.

- Bueno, yo estaré en movimiento, intentaré hablar contigo a esta misma hora... ahora llego a la frontera y es la parte más rara del trayecto. Te mantendré al tanto. Nos vemos mañana.

- Muy bien peque. Te quiero mucho - Se despedía mi hermana.

Con esperanza de poder tener noticias tuyas, insisto, y escribo:
" amor, voy de camino. Suena a locura pero voy por tierra. Intenta buscar alguna conexión, necesito saber que estás bien. Intenta con el tío de la tienda de antenas él puede que tenga conexión satelital que es como me estoy comunicando yo. Te quiero mucho. Me muero por verte."

El teléfono estaría cargándose permanentemente durante el camino. De momento y casi por primera vez, lo dejaba caer sobre la consola.
Se nos presentaba nuestra primera frontera.

Qatar-  Arabia Saudita.

Cientos de coches comenzaban a apiñarse a cientos de metros de las alcabalas y aduanas que inexplicablemente seguían funcionando con la misma ineficiencia de todas las instituciones públicas de casi todo el mundo.

La mayoría de los coches eran grandes y llenos de occidentales o árabes de los países por los que pasaríamos. Muchos llevaban los techos repletos de pertenencias que quizá disfrutarían apenas unas horas antes de morir.

También eran en su mayoría gente con un evidente alto nivel adquisitivo y que al igual que yo, no habían podido huir por el aeropuerto.

La cola fluía y solo a algún coche lo devolvían.

- Ese llevaba un coche de empresa, que ingenuo - murmuró uno cuyo coche avanzaba en la línea paralela a la que nos encontrábamos. Aún extrañamente parecía haber un poco de orden en eso.

El comentario, sin embargo, nos preocupó, pues conocíamos la situación legal de nuestro coche y la de Willy.

Avanzamos finalmente hasta llegar al puesto fronterizo donde los guardias parecían sentirse más altaneros que de costumbre.

En ese momento Ismayl tomó el control de la situación ya que el guardia solo se expresó en árabe.

Después de varios minutos y sin muchas explicaciones. Ismayl vuelve al coche y nos dice que podemos seguir pero que debemos parar al otro lado.

- ¿Qué han dicho? ¿Qué quieren? – pregunté.

- Me preguntaron por el chino. Que si pensábamos que eran tontos para saber que él llevaba papeles de Ahmed y que seguramente el coche tampoco podría pasar .

- O sea que tu hermano nos engaño o traicionó...

- No. Ellos lo han asumido. ¿Tres tipos diferentes en un coche por el desierto? Hasta se han atrevido a bromear preguntándome si eramos travestis como en "Priscilla, la reina del desierto". Querían, eso sí,  algo a cambio.

-¿qué les has ofrecido? No me jodas que otra vez lo mismo que quería tu hermano.

- Bueno, le ofreciste alcohol a mi hermano... Algo debes tener guardado, ¿No? - Afirmó Ismayl.

Aparcamos detrás de unas palmeras al lado de la frontera. Solo pasaron unos pocos segundos, cuando de entre las dunas un hombre uniformado y cubriendo su cabeza y su rostro con su gutra saudí, apareció pidiendo lo acordado.

Del maletero del coche saqué una botella de whisky. Que el hombre con uniforme de funcionario arrancó de mis manos, no sin antes gritar cuatro cosas en árabe que, sin entenderlo, comprendí claramente.

- Dijo que íbamos a morir de todas formas – tradujo Ismayl.

- Lo sé, no nos quedan muchos días, pero no moriremos como él quiere que lo hagamos. Todos llegaremos a nuestros destinos. Lo sé. Repliqué.

Inmediatamente pusimos en marcha el coche y nos adentramos a la infinita y larga carretera hacía Hofuf.

-Hopup a la izquierda, señor - decía Willy, mientras yo reía en mi interior de la manera en la que los filipinos cambian graciosamente las “efes” y las “pés”.

El sol, comenzaba a calentar sólo un poco, la infernal carretera. Una de las partes más complicadas del trayecto parecía haberse sucedido sin muchas complicaciones.

Ismayl conducía y Willy hacía de copiloto. Yo al ser el que iba más lejos, debía descansar para la jornada que me tocaría afrontar sólo, o al menos eso argumentaron mis dos compañeros.

Hofuf.

Unas horas más tarde, comenzamos a ver las palmeras datileras tan conocidas de esta zona de Arabia. La sensación de ver vegetación era reconfortante, sin embargo, ya el coche comenzaba a pedir gasolina.
El maletero aún tenía un par de bidones que no queríamos gastar ya que nos quedaba mucho camino por delante.

A la entrada de la ciudad, como de costumbre, una gasolinera vacía, todo parecía muy raro.

Las calles vacías y los pocos coches que nos cruzamos por el camino habían desaparecido. Estábamos en un pueblo fantasma. No podíamos creer que en tan pocas horas el mundo hubiese cambiado de esta manera.

Pero había otra explicación. 

Aparcamos al lado del surtidor y ante la ausencia de nadie para siquiera pagar, comenzamos a llenar el tanque nosotros mismos.

Lo único que lograba escucharse en aquel silencio sepulcral era el llamado al Maghrib, lo cual nos indicaba que había gente no muy lejos.

Inmediatamente comenzamos a escuchar disparos. La presión del gatillo del surtidor aumentó, pues aún quedaba al menos la mitad del tanque por llenar. Quienes disparaban se acercaban rápidamente.
A un par de manzanas ya pudimos divisar una pick-up con hombres armados y blandiendo espadas saudíes, fusiles y la bandera del EI. Gritaban cosas incomprensibles.

El surtidor cayó al suelo mientras seguía saliendo gasolina. La tapa del tanque quedó colgando del coche e inmediatamente subí al asiento trasero.

- ¡Corre! no mires atrás. ¡Arranca! ¡Ya! - Grité a Ismayl
-¿Qué sucede? – preguntaron Ismayl y Willy
- No hay tiempo para explicaciones

El Coche se puso en marcha inmediatamente, dejando las marcas de las ruedas en el suelo. Mientras los hombres de la pick-up ya casi nos pisaban los talones. Yo miraba por la luna trasera como comenzaban a apuntar hacia nosotros.

Mi corazón latía de prisa, y pensé que el camino acabaría allí.

Cuando ya nos separaba una manzana y los yihadistas se encontraban al lado de la gasolinera, sucedió algo inesperado.

Algo provocó la explosión de la gasolinera, posiblemente las chispas de sus disparos al aire. Quizás algún vecino del pueblo.

La explosión fue inmensa, que hasta hizo perder el control del coche a Ismayl.

- Huyamos de esta mierda. Ya sé a lo que se refería el guardia de la frontera.

- ¿Qué quieres decir? – pregunté.

- Los de ISIS llevan tiempo infiltrados en Arabia, y después de las noticias recientes, sus afiliados y simpatizantes deben haber cogido el control de algunas zonas del país. Debemos tener cuidado y pasar desapercibidos. - aclaró Ismayl.

-¿Cómo? - preguntó Willy - yo soy evidentemente filipino... como paso desapercibido.

- Bueno, hay asiáticos musulmanes, incluso filipinos, y tu pareces árabe, ya te lo habrán dicho muchas veces – afirmó señalándome.

La verdad es que no paraban de creer que era árabe todo el tiempo que había estado viviendo por esas tierras. Moreno y barbudo, pasaba fácilmente como Sirio, Egipcio o hasta paquistaní, como sugirieron en muchas ocasiones.

- ¿Qué hacemos? - pregunté.

- Hay que vestirse como ellos. No como saudí... como los de ISIS. Vosotros no habléis, dejadme hablar sólo a mí de ahora en adelate.

Ismayl nos dio instrucciones de lo que debíamos decir en caso de que nos preguntasen algo. Que responder a ciertas preguntas, qué actitud tomar.

- Tendremos que tomar el riesgo, o de parar a pedir ropa, o robarla.

- ¿Robarla?  ¿No es mucho riesgo si nos cogen? - preguntó Willy.

- Acabaremos sin manos o colgados en una plaza – Afirme.

- Cómo sois los cristianos... ¿pensáis que los musulmanes somos hombres de las cavernas? Las cosas hay que saberlas hacer. Lo primero, que no te pillen. Si lo hacen… pues que encuentren a otro culpable.

- ¿No nos vas a tirar a la boca del lobo para quedar libre? – refuté.

- No va a pasar nada, dejadlo en mis manos. Tenemos que acabar de llenar el coche de gasolina y encontrar ropa adecuada.

El desierto volvía a abrirse en otra infinita carretera recta que volvía a adentrarse por entre las dunas. Las palmeras quedaban atrás y nuestras ropas seguirían siendo las mismas durante el camino. Sólo nos quedaba esperar a que no encontrásemos a más extremistas por el camino, por lo que tendríamos que evitar a la gente, las ciudades o pueblos, la civilización.


El hambre comenzaba también a notarse, por lo que nos detuvimos en medio del desierto a estirar los pies y a preparar unos bocatas, que resultaron quedar rellenos no sólo de queso y lechuga, sino de la arena que no paraba de caer en suspensión.

- No me jodas que también tendremos que soportar una tormenta de arena – reclamé.

- Pues será lo que Alláh quiera. - sentenció Ismayl.

Inmediatamente seguimos unas cuantas horas. Hasta que el sol comenzaba a caer.

En medio del desierto, las siluetas de los rascacielos, anunciaban la proximidad de Ryad. Como no teníamos pensado acercarnos a las zonas pobladas, y como necesitábamos de nuevo repostar, decidimos aparcar en una gasolinera en el camino que parecía, abandonada, como todo rastro de civilización que encontramos por el camino.

La gasolina estaba agotada, y como el sol había caído, Ismayl aprovecho para rezar el Isha. Willy y yo aprovechamos para llenar con los 2 bidones que teníamos el tanque de gasolina y volver a preparar otros bocatas con las pocas cosas que nos quedaban ya en la improvisada neverita. Además también el cuerpo nos pedía hacer nuestras necesidades, por lo que nos turnamos la guardia mientras cada cual iba al baño.

Había solamente calculado comida para mí, pero no para 3 personas. Necesitaríamos urgentemente volver a llenar el tanque de gasolina, agua potable, y más comida. 

Seguiríamos conduciendo hasta que el cuerpo nos pidiera parar, que no fue precisamente mucho mas tarde.

Detrás quedaron las luces de Ryad. Esta vez más apagada que nunca.

Eso sí. Había electricidad, era una buena señal. Era hora de volver a revisar el teléfono, la radio, algo para estar comunicados con el mundo.

Pasamos también muy cerca de un aeropuerto, desde donde se vio un avión no muy grande salir. La poca luz del atardecer tampoco nos permitió ver detalles. Inmediatamente se vieron explosiones desde donde el avión había partido.

-Hay que seguir el camino y salir de aquí rápido - pensé. Pero era eso precisamente lo que ya estábamos haciendo.

Viendo que parecía haber luz en Ryad, comenzamos a sintonizar en la radio a ver si había noticia de algo. Las comunicaciones seguían caídas pero en la radio aún lograban escucharse algunas voces en árabe que por supuesto ni Willy, ni yo, lográbamos descifrar.

- ¡Para! no sigas cambiando de emisora - me ordenó Ismayl, mientras seguía conduciendo y su cara de asombro iba creciendo a pasos agigantados.

Luego de varios minutos se incorporó y nos contó:

- ISIS ha tomado la ciudad, y con ellos esta emisora de radio. El aeropuerto ha sido bombardeado, dicen, por el ejército, pues ellos intentaban evitar la huída del rey y su familia, que han huido no saben a dónde y por eso alertan por radio en otras ciudades para dar aviso de que la familia real aterrice y puedan ser detenidos.

- Era ese quizá el avión que vimos despegar... - continué.

- Posiblemente... siguen hablando... espera - interrumpió mientras seguían informando desde la radio - la familia real ha huido aparentemente a Kazakstán, donde los rusos tienen preparados varios cohetes para enviar gente al espacio y ver si pueden sobrevivir desde una estación que ya han lanzado durante el día.

- Vamos nos pensaban abandonar nuestros líderes... que previsible. – apunté – para acabar con el hambre del mundo no han puesto sino la sonrisa pero para salvar el culo… la guerra de las galaxias – dejé salir mi lado mas demagógico.

- Quizá no lo logren, ISIS está ya en todos los países musulmanes... y Kazakstán es uno de ellos. - dijo Willy.

- ISIS tiene instrucciones de eliminar a todos los líderes políticos, sean de la religión que sean, no permitirán que huyan y menos a la familia Saud - informó Ismayl, y yo finalicé.
- Morirán tarde o temprano. Yo prefiero morir el día del impacto, que estar quién sabe hasta cuánto flotando en el espacio sin un lugar a donde ir y viendo que no hay a donde. Ellos podrán quizá vivir unos días más, con el sufrimiento de ver que han sobrevivido al impacto, pero no a su desgracia... lo que han hecho es comprar un billete para ver la película en 3-D.

Luego de las noticias escuchadas, fuesen ciertas o no, la noche se nos venía encima. La luna teñía de azul y plata las dunas que de nuevo volvían a ser nuestras compañeras.

Nuestros cuerpos nos pedían descansar, por lo que decidimos parar cerca de Unayzah. Tampoco teníamos ya para comer y la gasolina tendría que llegar para poder seguir el camino. No teníamos nada.

- Estamos mal de gasolina, tendremos que parar... lo siento hasta aquí llegamos - sentenció Ismayl.

Pero de nuevo y como si de una casualidad se tratase, vimos cerca una pequeña cabaña beduina en medio del camino. Al exterior 2 grandes 4x4 y algunas luces de velas se veían en el interior.

- No serán de ISIS – pregunté.

- No, seguro es gente honesta, posiblemente ni siquiera sepan lo que sucede.

Ismayl detuvo el coche y comenzó a hablar con ellos, por lo que tuvimos que esperar a que acabase para poder ponernos al tanto de la situación.

- Estamos salvados. Esta gente vive aquí en el desierto. No saben, bueno no sabían, nada de lo que está pasando. Nos ofrecen posada, comida y gasolina para el coche y para 1 bidón. Dicen que tienen más en otra parte, porque ellos llevan días acampando aquí y no les hace falta, mucho menos ahora.

- Dale las gracias de nuestra parte. Voy a acabar volviéndome creyente días antes de morir - comenté en broma.

- No les digas eso que sino nos echan. - bromeó también Ismayl.

La noche volvió a abrazarnos. Difícilmente podría conciliar el sueño después de aquella jornada y las que nos tocaba vivir. Sin embargo me reconfortaba el hecho de más o menos haber logrado parte del objetivo. Estaba cada vez más cerca de ti.

- ¿Alguna novedad, Willy?

- No señor, no hay noticias de nadie, ni en su móvil ni en el mío hay señal.

- Bueno, descansad los dos. Buenas noches – finalicé.

Hail 19 Diciembre

La mañana de nuevo se adelantó. Los nervios no me dejaron dormir toda la noche. Y la necesidad de seguir el camino, hacían de despertador. 

El sol volvía a salir y junto a él, Gabriel se volvía a asomar, esta vez más cerca y amenazante.

Los beduinos habían desaparecido en medio de la noche, sin avisar ni dar explicaciones.

Nuestras pertenencias permanecían intactas y nuestra tienda solitaria seguía extendida en medio de la nada del desierto. No me explico cómo no pudimos escuchar arrancar sus motores.

Inmediatamente inspeccioné alrededor, tenía miedo de que apareciera de la nada algún peligro, incluso temí de algún animal del desierto.

Nada. No había nada. Estábamos completamente solos allí.

Sólo habían dejado algunas mudas de ropa. Las mismas que nos harían pasar desapercibidos frente a los extremistas de ISIS.

Desperté a mis dos acompañantes, para integrarnos al viaje. Nos pusimos las ropas que nos dejaron los beduinos y comencé a preparar algo para comer por el camino.
Había café y agua caliente. Era realmente mágico poder beber café después de lo que habíamos pasado.

Ya estábamos cerca de Tabuk, e Ismayl nos abandonaría, a partir de allí dejaríamos de tener traductor y venían momentos que sabíamos serían peligrosos.

- ¿Nos vamos? - pregunté en voz baja. Como si no me interesase despertarlos.

- ¿No podemos dormir un poco más?

- Ya podrás dormir en tu casa Ismayl, no te queda casi nada para llegar. Si quieres conduzco yo.

Ambos se incorporaron y cargaron las pocas cosas que los beduinos llegaron a darnos, tendríamos comida para ese día y yo tenía la esperanza de que en Tabuk, en casa de Ismayl, el pudiese proveernos de algunos bienes.

- Estamos cerca de Al Ula. Aquí cerca hay unas ruinas nabateas como las de Petra. ¿Queréis parar a verlas? - Preguntó Ismayl al volante.

- Sólo si no tenemos que desviarnos, no está de más ver las maravillas del mundo antes de que sean destruidas.

Nos detuvimos en Madain Saleh. Las rocas talladas y el contraste de los colores de la media mañana nos anunciaban que sería un día bueno. No muy frío y sin muchos inconvenientes. 

También anunciaba que la parada de Ismayl estaba más cerca y que pronto seríamos sólo Willy y yo.

Paseamos unos pocos minutos por entre las ruinas mientras Ismayl nos esperaba en el coche. Willy no podía creer que estuviese conociendo un sitio tan maravilloso. Su vida había consistido en trabajar y disfrutar con las pequeñas cosas del día a día. En sus ojos, que ahora sonreían, podía leer una gran tristeza que llevaba a cuestas.

- ¿Te pasa algo?

- No señor. Gracias por detenerse aquí y mostrarme esto.

- No me des las gracias, son las circunstancias las que nos han traído aquí. Yo estoy tan maravillado como tú. Vamos al coche que debemos seguir nuestro camino. - acabé.

La visita fue corta pero, sirvió para desconectar de la situación.

En el coche ya esperaba Ismayl, parecía tranquilo. Tenía motivos para estarlo, estaba a sólo unas pocas horas de su destino. Yo me montaba de nuevo de pasajero en la parte de atrás, y conectaba el móvil.
Había señal. Mis mensajes de wWhats App, llegaban y eran leídos aparentemente, pero no tenía respuesta. ¿Qué sucedía? 

Llamé a casa por Skype, tampoco había respuesta. Finalmente llamé a mi hermana. También, se supone estaría conectada. Contestó:

- Hola hermano, que bueno saber que sigues bien. ¿Dónde estás?

- Estoy en Arabia todavía, pero cerca de Jordania. Ya estoy más cerca hermana. Creo que lo lograré.

- Hijo, estamos aquí.

     Mis padres habían logrado llegar a Caracas con mi hermana. Allí se encontraban de nuevo reunidos en el sótano de la iglesia.

- No tenemos mucho tiempo, pues ahora hay mucha gente en nuestra misma situación. ¿Cómo te puedes conectar y desde el celular?

- Tengo mis métodos - sonreí mientras miraba a Willy que seguía de copiloto mirando el camino.

- Nosotros no podemos hablar mucho hijo, hay mucha gente en la iglesia en nuestra situación y todos quieren intentar hablar con sus familias. - dijo mi padre.

- Os quiero mucho, mañana a la misma hora por favor.- respondí.

- Aquí estaremos. Te queremos mucho.

Mis lágrimas comenzaron de nuevo a correr por mis mejillas. Ismayl y Willy, aunque no hablaban español, parecían haber entendido todo y respetaron mi dolor manteniéndose en silencio todo el camino.

Gracias a la conexión por internet satelital, pude averiguar que seguía sucediendo en el mundo.

Había noticias que llegaban dispersas y por diversos medios. Las cosas parecían seguir funcionando a medias. Revisé mi cuenta de correo, a donde me seguían llegando mensajes de Spam, pero ningún mensaje importante.

En un canal de noticias llegué a leer que muchos trabajadores que vivían cerca de sus sitios de trabajo y ligados a los servicios públicos, seguirían trabajando, a manera de convenio o último regalo para los tantos otros que estábamos lejos y necesitábamos comunicarnos o llegar hasta nuestras familias.

La respuesta había sido mundial e inmediata y por eso comenzaba a haber electricidad, agua y comunicaciones en algunas ciudades o países.

Obviamente todos querían compartir sus últimas horas con sus familias o seres queridos, pero muchos por caridad decidieron seguir dando servicio a los que no estaban implicados con este tipo de actividades.

Después de la noticia seguí insistiendo enviando mensajes a casa.

Seguían llegando. Las dos confirmaciones en azul me lo aclaraban.

¿Qué te estaría impidiendo responder?

Las señales de tránsito nos avisaban que nuestro destino estaba por llegar a nuestro primer destino. El año que había pasado, no me había permitido aprender la lengua local, pero si a leer la hermosa caligrafía árabe, que en cualquier ocasión me serviría como era el caso, para saber a dónde ir.

- No veo mucho movimiento. No me gusta nada lo que presiento.

- ¿ISIS?

- Si. Tenemos que seguir pasando desapercibidos, pero con este coche no será posible. - aclaró Ismayl.

Un Renault sedán en medio del desierto ciertamente era bastante inusual, si bien nos había permitido recorrer todos esos kilómetros y ahorrar bastante gasolina.

Nuestras ropas "yihadista-style" nos camuflaban, pero el coche, el coche concentraba todas las miradas de cualquier desconocido. Necesitábamos una pick up o un 4x4.

Entramos en una gasolinera antes de entrar a Tabuk. De nuevo vacía y desolada. No quedaba combustible. Intentamos en una segunda gasolinera, no sin antes percatarnos de que ya habíamos sido detectados a lo lejos.

Necesitábamos urgentemente dejar el coche con nuestras cosas y cambiarnos a otro. Pero estando ya cerca de la casa de Ismayl, corrimos el riesgo de seguir.

El vivía en una casa modesta en la periferia de la ciudad, lo cual era bueno para evitar los centros urbanos. Su casa tenía un garage con un coche grande americano, un Chevrolet Impala, que llevaba varias semanas aparcado allí.

Dentro le esperaba su esposa y varios hijos e hijas que no logramos ver, según la “tradición”. 

El Renault quedó escondido dentro del su casa, bajo una manta que colocamos después de haber sacado las cosas que nos quedaban dentro.
Su familia mientras tanto nos preparaban más alimentos y sacaban un poco de gasolina del Impala.

Los minutos parecían días e Ismayl ni decía nada ni daba señales de ofrecernos una solución. Era algo lógico, el ya estaba donde necesitaba estar.

- Willy, no podemos seguir aquí, tenemos que buscar una solución.

- Tenemos gasolina, comida, agua y las maletas. ¿Qué propone?

- En una casa cercana he visto una pick- up negra. Podríamos...

- Señor, usted no sabe como robar un coche.
- Bueno, podríamos pedirlo o decirle a Ismayl que nos ayude a conseguirlo.

- No creo que nos vayan a regalar un coche así por así señor.

- Ni yo, pero no sé ni abrir ni encender un coche, a pesar de haber visto tantas películas malas de Hollywood.

- Yo sé encenderlo, pero no abrirlo sin que sea evidente. Podríamos intentar ver si está abierto señor.

Inmediatamente salimos a la calle y en un par de manzanas seguía nuestro objetivo. Aparcado y abandonado el coche parecía estarnos esperando.

Willy se asomó por el lado del conductor. Las llaves no estaban colocadas. El coche parecía vacío. Nosotros seguíamos agachados para evitar ser vistos, tanto desde la casa frente a la cual el coche estaba aparcado, como desde las dunas del desierto que se extendía delante del barrio y donde seguramente habría gente observándonos.

- Estamos de suerte señor. Está abierto.

- Lo que falta es que las llaves estén en los parasoles. – bromeé.

- Seguimos de suerte. Están en el suelo. Conduce usted señor. No querrá morir en un accidente de coche después de todo lo que hemos pasado.

- Y lo que nos queda - respondí.

No todo podía ser perfecto, el coche estaba en perfecto estado pero si estaba allí abandonado era por una razón evidente. No tenía gasolina.

Comencé a lamentarme de todo y a maldecir nuestra suerte y cuando ya planeábamos volver a la casa de Ismayl en busca de los bidones para poder mover el coche, éste nos sorprendió por la espalda. Estaba acompañado por dos de sus hijos más grandes.

- Supuse que estabais aquí. Tenéis que desaparecer ahora. - dijo Ismayl
- Hemos traído vuestras cosas. - agregó su hijo mayor en un inglés difícil de entender.

- Llenaremos el tanque con un poco de gasolina. Os será suficiente para llegar a una gasolinera en las afuera, que parece cerrada pero en donde vive mi cuñado. Él os dará más combustible y tendréis para otros muchos kilómetros. No os será difícil encontrarlo. ¡Iros ya! Tenéis a ISIS pisándoos los talones y cuando vengan a preguntarme no podré protegeros. O vosotros o mi familia... Tengo clara mi elección.

Mi corazón de nuevo comenzó a palpitar como una metralleta en guerra. Willy también, de repente cambió de semblante y palideció. No hacía falta hablar, sus gestos comunicaban todo lo que necesitaba decirme y yo con mi mirada también se lo dije todo. Nos sentíamos traicionados, pero a la vez comprendíamos la situación.

La pickup arrancó en cuanto sintió los primeros sorbos de gasolina y la estrella de mercedes comenzaba a hacer de mira hacia el horizonte.

Al lado de la carretera que nos había indicado encontramos la gasolinera y al cuñado de Ismayl. Todo sucedió como acordamos, mientras de banda sonora teníamos los disparos de metralla que se escuchaban desde la ciudad. Willy cerraba los ojos, seguramente rezando. Yo, esperaba que pidiese por Ismayl, después de todo, nos había ayudado y no hubiese sido justo que por ayudarnos le hubiesen hecho algo.

Su cuñado nos proveyó de gasolina, agua un mapa con una ruta trazada que debíamos seguir hasta Estambul. Este mapa difería al que yo había trazado previamente pues yo intentaba comunicar las ciudades importantes, que son las que aparecen en mapas grandes. Este mapa por el contrario era más detallado, constaba de varias páginas y evitaba los centros poblados.

Dentro de sus palabras incomprensibles en su lengua,    solo lográbamos entender "ISIS". Nos advertía en qué lugar del mapa estaban localizados.


También nos dio 2 amuletos uno a Willy y otro a mí. Una mano de Fátima y un Nazar, el ojo turco, con el cual me quedé yo. Que nos colocamos y ocultamos dentro de nuestras ropas. Se supone que los yihadistas no utilizan este tipo de amuletos, así que no quisimos estropear nuestro disfraz con algo tan evidente.

Con la misma premura y nerviosismo, el hermano de Ismayl nos despachó y encaminó hacia la frontera con Jordania. Ya comenzaba a caer el sol y con él comenzaban a escucharse desde no supimos donde, los llamados al Maghrib.

De nuevo el desierto se abría ante nuestros ojos y nos volvíamos a acercar a la frontera. Llevábamos cientos de kilómetros en los que apenas veíamos coches, que además intentábamos evitar.

En la frontera apenas quedaba gente. Dos guardias semi-uniformados a cada lado custodiaban una de las entradas terrestres más importantes de la península. Apenas había coches y algunos incluso parecían abandonados.  En el horizonte también podía verse la obra colosal e inútil de la muralla que construía el reino para protegerse de ISIS  que no serviría de nada contra Gabriel.

Una sensación de desconfianza me invadió. No había pensado en como pasar por la frontera con un coche robado. Parecía nuestro fin.

- Willy, Tengo que decirte algo.

- Si señor. 

- El coche es robado. ¿Cómo vamos a pasar?

- Señor, no se detenga. Mire lo que tienen pegado en la puerta del puesto de control.


Sobre una de las puertas, colgaba la bandera negra, no teníamos más opción que actuar para pasar desapercibidos.

Ismayl nos enseñó a decir la Shahada durante el camino y a afirmar nuestra Fe en caso de encontrarnos con ésta gente.

Nos hicieron señal de detenernos. Y al saludo. Nosotros respondimos la profesión de fe. 
Poca cosa sabíamos decir en Árabe y, el improvisado guardia, que tampoco tenía mucho interés en cuidar la frontera tampoco dudó en dejarnos seguir.

Respondió - Mashallah- mientras terminaba en un inglés retorcido con algo de acento francés la despedida - Podéis entrar a Jordania –

Finalmente murmuró:

- A ver con qué os encontráis.

De nuevo el desierto tomaba formas pétreas moldeadas por el viento y con matices rojizos. Estábamos cerca de Petra, y sugerí a Willy hacer una parada allí. No sé en que estaba pensando, quizá me evadía un poco de la realidad que vivíamos y del largo camino que aún nos quedaba por recorrer.

- Me encantaría señor, pero quizá tengamos que desviarnos mucho. Además seguro habrá mucha gente atrapada allí.

Evidentemente, al lado de la carretera se acumulaban coches y por primera vez veíamos personas de civil. Tuvimos que comenzar a disminuir la velocidad. Confiamos, pues muchos tenían más apariencia de ser turistas que de ser de ISIS. Sin embargo, por nuestra indumentaria, generamos desconfianza entre los que nos vieron con temor.

- ¿Qué queréis? Dejadnos en paz. - Gritó un hombre rubio, quizá de algún país nórdico.

Respondí en español con la esperanza de encontrar a algún paisano o a alguien hispanoparlante entre la multitud.

- ¿De dónde sois? - dijo otro turista con evidente acento Andaluz.

- Soy de Barcelona. Intentamos llegar por tierra. - Respondí.

- Y creéis que llegaréis por como están las cosas al norte? 

- Bueno, quedándome donde estoy, lejos de casa, tampoco hago nada. Habrá que intentar algo, ¿no?

- Nosotros estamos atrapados aquí. Muchos estamos en familia o de luna de miel. Son pocos los que están solos. ¿Qué queréis exactamente? ¿No estáis con los extremistas, no?

- No somos de ISIS, intentamos pasar desapercibidos, así que si os preguntan no digáis nada. Decidles que os preguntábamos que hacíais aquí. No queremos nada, tampoco podemos ofreceros nada. Apenas tenemos comida y gasolina para nosotros. Como mucho podríamos llevar a una o dos personas. Mi compañero se queda en Beirut y yo sigo hasta Estambul y luego Barcelona... Si os sirve de algo.

- Mira, yo te recomiendo que sigas tu camino, aquí apenas unos cuantos han escuchado o entendido lo que has dicho, no te pongas de buen rollo porque más de uno intentará joderos. Yo mismo me iría de aquí, pero he venido con 3 críos y mi mujer. No creo ni siquiera que nos dé tiempo de llegar hasta Córdoba por tierra. Preferimos quedarnos juntos.

- Y nadie más querrá... - El turista andaluz no me dejó terminar.

- ¡Iros ya! Cualquiera de los que está atrapado aquí, no dudará en joderte para intentar llegar a quién sabe dónde.

Seguir haciéndoos pasar por terroristas... quizá así logréis sobrevivir.

De entre la nada, se acercó corriendo un joven con acento francés que hablaba un poco de español e interrumpió.

- ¿Puedo ir con vosotros? tengo algo que os podrá hacer falta

El joven iba vestido con todos los fetiches que cualquier turista pudiese encontrar: Pañuelo palestino, Sombrero de Safari, calcetines hasta las rodillas, sandalias.

- Pues, como no tengas super-poderes, no sé en qué nos podrás ayudar - respondí irónicamente y en su idioma. Mi respuesta lo dejó descolocado, no se esperaba que hablase francés.

- Voy a Niza, nos queda de camino, no tendréis que desviaros. No os pediré comida, ni agua, además a los hombres de ISIS que ya han venido por aquí, les he robado esto, es mejor que ni siquiera vean que tengo esto por aquí.

De dentro de su bolso, logró mostrarme una pistola. Como nunca me han gustado las armas, estuve a punto de negarme dejarle subir, pues no quería correr riesgos de que nos traicionara, pero por alguna razón irracional le dije:

- Sube, vienes con nosotros, pero el arma nos la das a nosotros. Por favor quítate esa ropa de turista.

Willy interrumpió, aunque no entendía ni francés ni español, se había percatado de todo y agregó su ocurrencia.

- Señor, si nos detienen los de ISIS podemos decirles que es un rehén, les inventamos cualquier excusa, mejor que siga vestido de turista, pero tendremos que amordazarlo y amarrarle las manos y pies cuando nos pisen los talones.

Nunca dejaba de sorprenderme, las cosas parecían cuadrar a la perfección. El francés, que una vez montado en el coche se presentó como Philippe, no me daba mucha confianza, pero sería sabiendo que pronto Willy nos dejaría, un poco de compañía para el resto del camino no me sentaría mal.

- Gracias por todo - me despedí del andaluz.

- Cuidaros.

Nuestro coche se puso en marcha dirección a Amman. La noche ya nos cubría y necesitábamos dormir.

- Si quieres puedo conducir - dijo Philippe, pero mi desconfianza era grande y preferí aparcar en medio de carretera, oculto tras unos arbustos y pasar la noche en medio del desierto.

Los asientos eran incómodos y hacía frío. Parecía incluso que iba a nevar y no íbamos bien preparados para esas circunstancias.

De entre las maletas, que estaban gélidas como la noche, sacamos algunas de las prendas y nos las colocamos sobre la ropa que ya llevábamos puesta. Willy nos sugirió dormir mientras el montaba guardia. Ya le quedaba poco para llegar a su destino y prefería que yo descansara.

No me acosté sin antes intentar comunicarme contigo.

     - Amor, dime algo. Estoy bien. Estamos casi llegando a Siria.  Mañana, esperamos estar en Estambul. Sé que nos dará tiempo de reunirnos. Te quiero.

El acuse de recibo me seguía intrigando. Pensé que posiblemente habrías dejado las cosas en casa conectadas y  que estarías en casa de algún familiar. Pero ¿que aparezcan tus mensajes leídos?

Cerré los ojos para poder descansar. Intenté no pensar sino en cómo poder seguir nuestro viaje.

Ramtha (frontera Jordano-Siria), 20 de diciembre

De nuevo me desperté antes del amanecer. No sólo las dudas del viaje sino los miedos a la situación detrás de la frontera y las interrogantes sobre los mensajes que te enviaba, me dejaban apenas conciliar el sueño.

A sólo unos pocos kilómetros estaba la frontera con Siria, que desde ya hace varios años estaba en guerra y muchas zonas bajo el control de ISIS. Pensé que si ellos habían tomado el control de tantas zonas de la península arábiga, fácilmente podrían ya controlar tanto la frontera como el resto del país.

Pusimos el coche en marcha y tal y como lo sospechamos, la frontera ya era un bastión de los extremistas. Decidimos poner en práctica nuestro plan y amordazar a Phillipe y hacerlo pasar como secuestrado.

Mientras más nos acercábamos a la verja, mas dudas teníamos de nuestro plan.

Bajo el asiento de Willy, el empuñaba el arma que le había pedido utilizase él y que evitara ponerla bajo mi mirada.

El guardia no le dio importancia ni a mi apariencia ni a la de Willy, y hasta sonrió cuando vio al pelirrojo amordazado sentado entre los dos. Sólo se limitó a soltar un "salam ailekum", que nosotros inmediatamente respondimos.
Pasamos la frontera como si nada, parecía como si el fin del mundo finalmente hubiese borrado las líneas absurdas que llevaban dividiendo nuestros países. 

Avanzamos lentamente para no levantar sospechas y una vez adentrados en Daraa, al otro lado de la frontera jordano-siria, decidimos acelerar. Junto con el empujón del motor, caían las mordazas y soltábamos al supuesto prisionero.

Nos esperaba ya Damasco y el desvío a Beirut para dejar a Willy en su destino. 

Ya mi corazón comenzaba a echarlo de menos. A partir de entonces no tendría su infinito apoyo y solidaridad.

Las carreteras aunque menos desérticas, lucían desoladas. Tantos años de guerra civil habían pasado factura a la eternamente convulsa Siria. 

Por todo el camino había que sortear barricadas y banderas que nos alertaban a dónde nos estábamos metiendo. 

Los tres estábamos aterrados y la banda sonora de disparos en la distancia nos acompañó durante el camino.

Muy cerca de Damasco, justo antes de tomar el desvío para dirigirnos a Líbano, el camino se volvió imposible. Columnas de humo se veían desde varios puntos del horizonte. Intuimos que Damasco estaría de nuevo viviendo el infierno de la barbarie una situación que para todos era inesperada y que para ellos era el epílogo de la guerra que acabaría sin haber llegado nunca a saborear la paz.

El desvío a  Líbano estaba cortado. Lo advertían las varias señales de desvío que anunciaban, con pintadas, que la opción de ir implicaba la muerte. Intenté convencer a Willy de cambiar de destino, o de ruta, pero esa opción no la barajaba él.

Nos acercamos a un grupo de lo que parecían ser civiles aún buscando vivir sus últimos días en paz, refugiados quizás.

Pero con pocos de ellos nos podíamos comunicar. No sólo la barrera de la lengua nos separaba. Les generábamos miedo y huían de nosotros por nuestra apariencia. Era un arma de doble filo que incluso dentro del tumulto de civiles podía jugar en nuestra contra.

Intentamos buscar respuestas en inglés y francés... y hasta en español. No obtuvimos respuesta, salvo gritos por parte de los emigrantes, supongo obstinados de los tantos días de maltratos que la guerra les había propinado.

Philippe se perdió de mi vista unos momentos, pero no los suficientes como para percatarme que parecía poder comunicarse con alguien. 

Sólo unos instantes después, algunos comenzaron a coger palos y piedras y a amenazarnos, debíamos irnos. Una jauría de gente gritaba y comenzaba a reunirse alrededor de nosotros.

- Montaros en el coche - Grité a Willy y a Philippe en dos idiomas.

No muy lejos se levantaba una montaña de tierra que anunciaba que otros coches se acercaban. La montaña también anunciaba el redoble de los fusiles que disparaban sin piedad.

Arrancamos al instante y  seguimos unos kilómetros hasta que nos sentimos un poco más seguros. El desvío a Beirut era imposible y sólo nos quedaba como opción seguir hacia Turquía. Debíamos cambiar de ruta inmediatamente. En cuanto encontramos un sitio lejos del guirigay, aparcamos a petición de Willy.

El sol de mediodía comenzaba a calentar el ya gélido y desolador día de invierno, pero aún así buscamos la sombra y la discreción de unos árboles que nos cubriesen de las vistas lejanas.

Al bajar del coche, Willy y yo nos percatamos de que algunos disparos nos habían alcanzado. Las balas habían perforado la carrocería pero estábamos a salvo. Willy pareció no darle mucha importancia a lo sucedido e intervino.

- Señor, yo no tengo que ir a Beirut a ver a mi familia. Sólo he querido venir hasta aquí para ayudarle pues nada mejor me queda por hacer. Le he mentido a mis compañeros todo este tiempo sobre mis hijos y mi esposa.

- Pero ¿por qué?

- Porque no tengo ni esposa ni hijos. A mí nunca me han gustado las mujeres y ellos no lo entenderían. Quizás usted tampoco lo haga.

- No pienses así. Te respeto. Más aún después de lo que hemos vivido juntos.

- Cuando Ahmed pactó con usted para darle los documentos míos y del coche, yo iba a ofrecerme, no era la primera vez que lo hacía con él,  ¿Cómo cree que he conseguido todos estos gadgets electrónicos?

- Pero...

- Señor, yo ya no puedo seguir con usted. Usted está tan ilusionado por volver a su casa que hasta me dan celos, no poder estar con usted.

La confesión de Willy, honesta y transparente me hizo derramar unas cuantas lágrimas.

- Gracias - le dije y lo abracé - puedes seguir conmigo. No podré hacerlo sin ti.

El se negaba a responder. Sus ojos húmedos apuntando al suelo mostraban una vergüenza que no debía sentir. Cogió su pequeña mochila y se fue sin decir más. No sirvió de nada que le suplicara quedarse. No se detuvo.

Miles de interrogantes nacieron en mi cabeza: ¿Por qué dejarme ahora? ¿Por qué no me dijo nada desde el principio? ¿Por qué no dijo nada en la tienda de Ahmed? ¿Por qué me ha puesto a mí como prioridad?

Sé que sus posibilidades de reunirse con alguien fuera de Doha eran limitadas, pero aquí estábamos, gracias a él. Quizá estaba secretamente enamorado de mi o quizá simplemente le daba igual la vida y ha preferido sacrificarse por una causa ajena.

Las calles destrozadas por la guerra y los edificios destruidos, no solo me preocupaban por la posibilidad de no poder llegar a la frontera, sino porque, a pié, Willy sería un blanco fácil para los francotiradores, yo mismo ya lo era, pero al menos me movía con rapidez.
En el horizonte aparecía Homs y un cartel de desvío hacias Aleppo. Yo seguía consultando mi mapa improvisado y evitaba las ciudades, sobre todo en Siria, cuyos conflictos seguían asolando el país, ahora sumados el evento de Gabriel.

Phillippe seguía en el coche, parecía dormido y atormentado por algo, sudaba mucho y parecía tener fiebre.

- ¿Te pasa algo? - pregunté.

Entre quejidos y sudor su respuesta fue más que gráfica. No había querido decir nada por la vergüenza de lo que luego me confesó. Se dio la vuelta hacia mí, para mostrarme su abdomen lleno de sangre.

Detrás de él y en la puerta que quedaba a su lado, un agujero acababa de aclarar toda la situación.

- Te piso disculpa por haberte traicionado, me merezco esto que me está pasando.

- ¿De qué estás hablando?

- Los sirios refugiados, les dije que me ayudaran a deshacerme de vosotros... que érais de ISIS y me teníais secuestrado. Por eso han comenzado a gritar. Os han salvado los mismos extremistas que han venido posiblemente a ayudarlos frente al tumulto.

- ¿Por qué lo has hecho? ¿Qué se supone que debo hacer contigo?

- Quise aprovecharme de vosotros para poder llegar por mi cuenta. Qué estúpido fui. Como si yo solo pudiera hacerlo y ahora os he jodido a los dos.

- Respóndeme que voy a hacer contigo... No creo que llegues en este estado. Pero no te voy a dejar abandonado tampoco.

- Sigamos, algo pasará. Si no, de todas forma tampoco nos queda mucho a ninguno de los dos.

 A lo lejos pasamos la ciudad de Homs y pronto pasaríamos también a Aleppo que ya desde el horizonte anunciaba, no sería fácil. Las columnas de humo y la guerra que habíamos visto tantos años en las noticias, no vaticinaban un panorama optimista.

Antes de llegar a la frontera, decidimos detenernos para descansar un poco, repostar un poco de gasolina con los bidones que aún nos quedaban, intentar hacer algo con la herida de Philippe y conectarme para poder hablar con la familia y ver si me respondías.

      -"plop"- suena el móvil indicando que tengo un mensaje.

     “Señor, gracias por todo. Quiero ir a Beirut porque allí murió mi novio. Su familia prefirió verlo muerto antes de verlo con otro hombre, y menos con un obrero como yo. Necesitaba despedirme de él. Consideré que estando viva su familia no era justo hacerlo desviarse por mí. Usted lo logrará. Lo sé".

Willy, siempre tan atento, no quiso seguir su camino sin antes darme una explicación. Me seguía impresionando como lograba seguir comunicado, pero más me impresionaba como había hecho para que yo siguiese conectado al mundo y siempre encontrar la forma de reconformarme.

Sentí lástima por lo que por su cuenta había sufrido y por como la gente condena a las personas buenas como él a vivir vidas miserables sólo por sus estúpidas convicciones sociales, religiosas, o pura maldad.

La llamada a través de Skype a mi familia fue prácticamente efímera. Desde la cámara sólo logre ver un tumulto de gente en la iglesia desde la que se conectaban, todos intentando lo mismo que mis padres y hermanas. Un discurso casi estudiado:"Hola, estamos bien, cada vez hay más gente y es más difícil hablar. Te queremos mucho. Adiós", parecía ser el único permitido a pronunciar a cada grupo, para que todos pudiesen ver a sus seres queridos por última vez.

- Hola amor. Sé que puedes leer mis mensajes. No sé qué te impide responderlos, pero sé que sigues allí para mí y que me estás esperando. El viaje sigue siendo difícil pero ya estoy a punto de entrar a Turquía. En cuanto cruce a Europa sé que sólo estaremos separados por pocos kilómetros y horas. Si hace falta iré nadando, pero estoy seguro que llegaré y podremos pasar nuestros últimos momentos juntos. Te quiero mucho. - escribí de nuevo mi mensaje diario por el wWhat's App, con la misma respuesta que hasta ahora había recibido: solo dos marcas de recepción coloreadas de azul incertidumbre.

Intenté no pensar mucho en las dudas y preguntas que siempre nublan mi mente. Estábamos a punto de dejar Siria y  quizás con ella los problemas de los guerrilleros que minaban el país.

Como si de una llamada mental se tratase, justamente un guerrillero apareció de entre los matorrales con una escopeta. Gritó algo en árabe a lo que yo le respondí con la Shahada como de costumbre durante el tortuoso viaje:

Lā 'ilāha 'illā-llāhu Muhammadun rasūlu-llāh

Philippe se impresionó, pensando que hablaba la lengua del extremista y soltó un: "mais tu parles l'arab!" en voz alta.

El extraño, entendiendo que éramos ajenos a la situación,  inmediatamente comenzó a responder en francés.

- ¿Quienes sois vosotros? ¿Qué hacéis por aquí?

No quise dar detalles para evitar tener que dar demasiadas explicaciones.

- Vamos a Estambul, venimos desde Arabia - respondí.

- ¿Quién es este infiel que está herido? ¿Qué hace contigo?

- Es un Rehén, Busco que lo curen, está herido.

- Para lo que nos queda, mejor que muera rápido.

Sin dudarlo apuntó a la cabeza de Phillipe y le disparó. Su cuerpo se desplomó inmediatamente y la sangre comenzó a correr por entre la arena.

Yo me quedé atónito sin poder siquiera chistar. Las piernas me temblaban y estaba a punto de desvanecerme. El extremista esperaba mi reacción para saber que hacer conmigo.
Yo seguía sin entender si sabía o no que no era árabe ni musulmán ni mucho menos sus intenciones.
- Sé que eres un maldito infiel, a mi no me engañas. Pero no me has hecho nada. Me es igual si sigues vivo o no. Dame todo lo que tienes y sigue tu camino a pie. – Sentenció.

- Déjame llevar al menos un poco de agua para el camino – imploré.

- De acuerdo, date prisa.

Bajo el asiento seguían estando los mapas, el móvil, unos botellines de agua y, justo detrás, la pistola que habíamos mantenido escondida de Philippe. Nunca en mi vida había pensado en tener que actuar con tanta sangre fría, pero no estaba dispuesto a tirar por tierra todo el sacrificio que había significado haber llegado hasta allí, estando a sólo unos pocos kilómetros de Turquía, la ilusión de sentirme ya en Europa y por tanto casi en casa.

Sin dudarlo cogí la pistola, y apunté. El guerrillero, descuidado esperaba de espaldas a mí. Supongo que no esperaba que estuviese armado, y en cuanto se volvió, sintiendo que me incorporaba, se encontró con el cañón apuntándole en la cabeza, intentando reaccionar, pero encontrándose de lleno con un disparo que no dudé en emitir.

El disparo cumplió su cometido, me había librado de él, pero trozos de sus huesos y chispa de sangre, me marcaban para el resto de mis días. Nunca hubiese imaginado que tendría que matar a alguien. Pero era yo o él. Además después de la manera tan fría en la que se deshizo de Philippe, no me garantizaba que no intentase hacerme lo mismo a mis espaldas.

Los disparos hicieron de llamado a otros guerrilleros que se encontraban por la zona. A no mucha distancia se escuchaban gritos. 

El tiempo jugaba en mi contra y como pude, me despedí del cuerpo del francés y lo cubrí con la toba que cubría mi cabeza y aunque poco practicante, lo encomendé al Dios de cristianos y musulmanes.

Cogí también la kalashnikov del hombre que también yacía en el suelo y un bolso que colgaba de su cinturón. Monté en el coche inmediatamente y aceleré hasta incorporarme a la carretera.

A'zaz / Kilis (frontera Siria-turca)

Cuando la frontera ya estaba a solo unos metros de distancia, detecté de nuevo la presencia de mis indeseables compañeros de viaje de ISIS, también con el control de la frontera.

Reduje la velocidad, sólo como medida de precaución y para evitar levantar mas sospechas de las que ya eran evidentes.

Para ellos, supongo no era normal ver a un hombre solo en una pick-up. Mucho menos lleno de sangre, y con la carrocería del coche hecha un colador. 

Supuse que por la radio ya estarían alertados de mi presencia, por lo que no me detuve. Volví a saludar y completar con otra Shahada e inmediatamente aceleré hasta donde el coche y el sentido común me lo permitieron.

Una vez adentrado en Turquía, y después de varios kilómetros seguramente perseguido por los guerrilleros, decidí detenerme en tanto viese algo de señales de civilización.

El tanque de gasolina y la caída de la noche fueron quienes me retuvieron. No me detuve en cientos de kilómetros. Las imágenes de Philippe muerto y el haber matado a aquel hombre, fueron mis compañeras de viaje desde la frontera, hasta que vi, a lo lejos un pequeño hotel de carretera y gasolinera cerca de Gaziantep. Fueron varias interminables horas sin música, sin siquiera están pendiente del móvil, del reloj, de los pocos coches que quizá adelanté o pasaron por el lado sin haberme percatado de ellos.

Pocas personas quedaban en mi parada. No esperaba ni encontrar gasolina ni cortesía. Mis pintas tampoco ayudaban. Sin embargo me recibieron con cordialidad la pareja de ancianos que se estaba, aparentemente, encargando del lugar.

Solo pude decirles "Salam". Ellos hablaban turco y nada más. No tenía esperanza ni tampoco ganas de poder comunicarme en otro idioma con ellos, que intentaron decir las dos únicas palabras que quizás sabían en ingles:

- Hello my friend! - fueron suficientes palabras para comprender que parecía estar a salvo y que ya podía prescindir de mi horrible disfraz. No sé si lo hacían por miedo a mis atuendos o porque realmente querían ser amistosos conmigo.
De todas formas bajo mi manto negro relució el amuleto turco que colgaba de mi cuello  ahora descubierto pero lleno de sangre, eran el centro de sus miradas y pareció ser la llave para tranquilizarles y sacarles la amabilidad y hospitalidad que tanto necesitaba. Las horas de carretera, el estrés y las horribles imágenes de lo sucedido no me dejaban pensar con claridad.

Les pedí agua... "Su?" preguntaron en su idioma... e inmediatamente la señora trajo una jarra con agua y el señor un bote para poder lavarme los pies, las manos y la cara, con un agua que estaba tan fría que me dolieron los huesos al tocarla y beberla, pero que agradecí después de los días que venía padeciendo.

Los viejos me ofrecieron posada esa noche y me señalaron un pequeño Fiat uno negro aparcado al costado del hostal.

Era como si entendiesen mi historia sin haberla contado. Como si supiesen mi plan, mi destino.

Esa noche pude dormir tranquilo, nunca supe cómo, pero pensé que quizás hasta en eso hubiesen intervenido los anfitriones, habiendo colocado algo a mi bebida o a los baklava que me ofrecieron, para ayudarme a dormir. Quizás para dejarme inconsciente, pensé desconfiadamente.

21 de diciembre. Algún lugar de la Turqía entre Gaziantep y Ankara.

Al amanecer, el olor a café y a pan recién horneado me despertaron.

Pensé que jamás volvería a tener esa sensación de estar en casa de mis padres, asistiéndome y cuidándome como a un hijo.
Las imágenes de mi madre llamándonos a desayunar en la infancia, mientras nos sentábamos a comer y ella nos seguía preparando la merienda antes de irnos a la escuela, volvieron a mi mente. Por primera vez algo que nunca volvería a vivir y que recordaba tenía que ver con Gabriel. Es ley de vida. Mi infancia ha quedado atrás y ahora supongo que eres tú quien echa de menos los fines de semana en los que voy a la panadería a buscar unos xuxos con crema o churros con chocolate y la simpática señora de la panadería le regala a los perritos un par de galletas. Eso sí nos lo arrebatará el maldito Gabriel- pensé.
Agradecí el tener la suerte de poder tener estas atenciones paternas por última vez.

Los viejecitos se calentaban con leña y con una pequeña planta a gasolina, hacían funcionar la electricidad del hostal que les permitía tener la televisión encendida, en busca de señal. Pero nada encontraron y no dudaron en apagarla enseguida. En cambio la radio captaba la atención de la anciana, por donde sí parecían llegar noticias.

Ella fue quien intentó explicarme algo que me esperaría más adelante pero que no logré entender. Solo "Estambul" y su mano cogiendo mi amuleto sirvieron de refuerzo para agradecerles las atenciones y salir al exterior a proseguir mi viaje, luego de dibujarme un garabato que guardé pero que no logré descifrar.

Mi nuevo coche me esperaba, cargado con mis pertenencias, con el tanque lleno y con los 2 bidones llenos de combustible.

Aunque no era parte de las costumbres musulmanas, abracé a los 2 abuelos, y con lágrimas en los ojos me despedí, sintiéndome impotente e inútil al no poder hacer nada por ellos y agradecer sus atenciones.

Creo que mis lágrimas fueron suficiente pago para ellos, quienes correspondieron a mis sentimientos y me dirigieron al coche para inmediatamente ponerme rumbo a Estambul.

Como poco podría hacer con la kalashnikov que le quité al yihadista, se la ofrecí al anciano para que la guardara para su propia protección.
El la aceptó pero inmediatamente quitó el cartucho y se lo quedó en la otra mano.


El camino era aún largo.

Y conduje por entre los cambiantes y paisajes turcos, donde en algunos puntos me sorprendió la nieve.

El miedo no me detuvo, las carreteras parecían resbalosas pero seguí.

Adana, Tarsus, el Lago Tuz, Ankara, Izmit... Todas las ciudades pasaron a mi lado, en una carretera que pasó casi desapercibida dentro de la soledad que en ese momento era mi única compañera de viaje. El móvil seguía cargando todo el tiempo y a su vez esperando mensajes de todos, sobre todo tuyos, que nunca entendí por qué no llegaron. Casi hasta olvido llamar a mi familia a medio día, como habíamos quedado desde que todo había comenzado, para tener la igual de breve conversación que tuvimos el día anterior. Esta vez se alegraron de verme con vida y saber que estaba en la aparentemente segura Turquía, cerca de la también aparentemente segura Europa.

También te volví a escribir... Esta vez si tenía un mensaje de respuesta por tu parte que tampoco me detuve mucho a comprender. Pero al menos me daba señales de que seguías estando allí. Solo me escribiste.

     - Aquí sigo. Estamos bien en el refugio del pueblo.

¿Estamos? Qué bueno que ha podido llevarse a los perritos -pensé.

Muchas personas quizá los hubiesen dejado abandonados a su suerte, pero ellos eran demasiado especiales para nosotros como para hacerles eso.

Estambul, se acercaba, se podía notar por la presencia de nuevo de coches y gente aparentemente intentando vivir los últimos días de la manera más normal.

Ya no veía coches con maletas ni equipajes preparados para viajes largos. Veía sin embargo gente aparcada en las autopistas haciendo picnics familiares al lado de la carretera, casi cortando el tráfico, que fluía a medias.

Reduje la velocidad para poder sortear a la gente que utilizaba las carreteras como parques inmensos. Niños jugando fútbol, en bicicleta, madres con inmensos manteles y mucha comida en el césped de los jardines. Más que el fin del mundo parecía la bienvenida al paraíso y el frío no parecía importarles.

Las señales de la carretera indicaban la dirección hacia el puente que unía con Europa, donde ya una cola larga comenzaba a formarse. Los coches se apiñaban y hacían una fila infinita. Mucha gente salía de sus coches para asomarse a ver qué sucedía. 

Aparqué y caminé unos metros por delante del coche para comprobar que muchos coches habían sido abandonados. Desde entonces tendría que seguir a pié o intentar cruzar en barco, pero eso implicaba tener que recorrer muchos kilómetros y buscar un servicio que ni siquiera sabía si existía ni mucho menos si estaría funcionando. 

Volví al coche sólo para coger parte de mis cosas, la botella de whisky que aún me quedaba y que posiblemente podría utilizar para hacer algún trueque, que me encargué de esconder en el fondo del bolso; la pistola que también oculté y un poco de agua y algo de la comida que los abuelos habían preparado para mí. Por supuesto no olvidé mi móvil y el extraño artilugio que me permitía seguir comunicado, los cuales apagué para ahorrar batería, ya que a partir de entonces no podría permitirme tenerlos encendidos en todo momento.

El puente esperaba a unos pocos metros ya, así que comencé a caminar hasta él, al igual que muchos de los pasajeros de los coches que parecían abandonar sus vehículos allí y seguir el camino a pié.

El camino fue largo y la tarde ya comenzaba a caer. Caminé hasta que los pies  ya no dieron mas y encontrarme al otro lado del estrecho.

Algunos autobuses abarrotados esperaban del otro lado, algunos conductores, se prestaron a asistir a los transeúntes para llevarlos a los principales puntos de la ciudad, en una improvisada red de comunicaciones que el puente, cortado al tránsito vehicular, se había encargado de filtrar.

Un autobús tenía escrito que iba a la estación de tren, a donde me dirigí de inmediato, no vi ningún autobús diciendo que iban al aeropuerto. Tuve que esperar un par de vehículos para poder llegar a la estación, pero el servicio parecía seguir funcionando. Yo no hablaba con nadie, parecía entender todo dentro de esa gran Babel y me dejé llevar. Estaba cansado y la marea de gente parecía ser la que me iba dirigiendo.

Una vez dentro del autobús, donde íbamos embutidos como animales que llevan a un matadero, apoyé mi cabeza a una de las ventanas al lado de la cual quedé de pie. Desde ella podían verse las siluetas de las maravillosas mezquitas otomanas e iglesias que tan famosa hacían a esta ciudad que, me hubiese encantado conocer en otras circunstancias.

La estación estaba colapsada. Cientos de turcos y europeos copaban los torniquetes intentando entrar a empujones y algunos guardias que aún se encargaban de ofrecer algo de seguridad, se encargaban de filtrar a la multitud.

Seguía sin entender cómo era posible que siguiese funcionando el servicio, pero me alegré y pensé simplemente en lo que debía hacer.

Según el  plano que colgaba en uno de los murales, debía seguir dirección Sofía, Budapest... Austria y Suiza, todo debería ser más normal. Otra opción era intentar cruzar por Italia, bordeando el mediterráneo cuyo recorrido final me era más familiar.

Gracias a la botella de whisky que utilicé para sobornar al guardia, pude acceder a los andenes. Le pregunté también solo para confirmar si el aeropuerto seguía funcionando. Sería una manera de ahorrar tiempo y evitar problemas en el recorrido, pero el respondió que a nivel mundial estaban cancelados, que si tenía que ir a América, u Oceanía: ”you are fucked, mister”. El tren era lo único que funcionaba. Ls autobuses hacían rutas más bien internas dentro del país o a la frontera con Bulgaria.

Entre la multitud logré colarme hasta el andén con dirección a Viena, y entre gritos y empujones, me instalé a esperar la llegada de un siguiente tren.

La espera fue larga, durante toda la noche encogido de piernas sobre el suelo, esperé finalmente la llegada del tren que parecía acercarme a casa. Escuchar por fin a gente hablando en español, me sacó de la pequeña burbuja de aislamiento en la que me introduje, aunque tampoco entablé conversación con los paisanos.


Capítulo VIII. Fin de Occidente. Fin de la Razón

22 de diciembre

Mi olor corporal y mi aspecto, sucio, polvoriento y aún con manchas de sangre en mi ropa, debían espantar a la gente que me rodeaba. Yo me aislé en una esquina para poder estar más cerca de un enchufe que me permitía tener cargado el móvil. Con la mochila, que apenas contenía algunas galletas y una botella medio vacía con agua, lograba tapar el enchufe y el cable que de él conectaba mi artilugio dentro del mismo. En el fondo del bolso y bajo una camisa que estaba mojada y fría, se escondía también la pistola. No sabía qué hacer con ella, podría deshacerme de ella, pero quizás me sería útil. A estas alturas ya estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. A medio día no hubo llamada a mi familia. Sólo un mensaje diciéndoles que estaba bien. Tampoco tuve respuesta de tu parte. 

Las horas en el tren se hicieron eternas, y afuera, la nieve cubría los parajes que hubiese querido tener tiempo de visitar contigo y que nunca nadie volvería a ver en breve.

Tantas cosas hermosas que nos hemos perdido. Tantos viajes que no pudimos hacer.

Comencé a pensar en las cosas que nos perdimos al estar separados y comencé a lamentarme de nuestra situación y porqué tenía que pasar esto. ¿Por qué la coincidencia de estar lejos cuando más nos necesitábamos?

Inmediatamente, recordé a Willy y a los demás obreros que dejé en Qatar, y a los cientos de inmigrantes que quedaron atrapados sin poder hacer nada. Incluso otros expatriados que venían de América, Asia u Oceanía y que no tenían la oportunidad de volver a sus casas. 

Me sentí entonces afortunado. Las lágrimas de tristeza se transformaron en lágrimas de alegría por las tantas cosas hermosas que habíamos vivido juntos, los tantos viajes que sí hicimos y disfrutamos.

En esos momentos de angustia en los que me encontraba, perdí la noción del tiempo y de dónde me encontraba.

La interrupción de mi letargo auto-psicoanalítico vino dada por el movimiento de pasajeros que comenzaban a apiñarse en las puertas del vagón desesperados. Aún no amanecía.

Un mensaje en Turco... o Húngaro, salió por los altavoces, pero no logré identificarlo al encontrarme abstraído en mis pensamientos. 

La gente lucía nerviosa y yo ya me comenzaba a aferrar a mi bolso para correr en cuanto tuviese idea de lo que había que hacer. No sabía si estábamos llegando, si pasaba algo dentro del tren, o fuera de él.
El tren perdía velocidad y desde el vagón de al lado, la gente comenzaba a venir corriendo a nuestro vagón, que era el último. 
La gente vociferaba en varios idiomas, pero sólo logré entenderle a una mujer en inglés algo acerca de detener a alguien, mientras ya mi vagón comenzaba a quedarse pequeño.
Yo cada vez más apretado en mi esquina y más aferrado a mi bolso y a mi enchufe, solo pude estirar mi brazo hasta la puerta que comunicaba a los  vagones y cerrar la puerta para impedir el paso de más gente. Un hombre al percatarse de lo que hacía, me ayudó y a él se le sumaron las personas que nos rodeaban, que no eran pocas.
Durante el forcejeo logré ver a través de las ventanillas del siguiente vagón, dónde la gente también se apiñaba, que varios hombres encapuchados y con armas estaban en el penúltimo vagón. La multitud les impedía llegar hasta el nuestro. 

Sólo se me ocurrió gritar en medio de la multitud

- ¿Alguien sabe que buscan?

- Sólo quieren jodernos - respondió un hombre de la multitud. -Hay que abandonar el tren.

No. Yo me negaba a abandonar el tren. No me quedaba mucho tiempo y no iba a permitir que nada ni nadie me impidiesen llegar a mi destino después de tanto recorrido.

- ¿No serás uno de ellos? - exclamó una mujer que desde que me monté no me había quitado la mirada.

- Yo solo quiero llegar a mi casa. ¿Alguien sabe cuánto falta para llegar?

- Tú estás con ellos, hijo de puta, nos quieres matar a todos - Insistió la mujer, que repitió lo que dijo en otro idioma, quizás para llegar a más pasajeros. Junto a ella otras personas comenzaron a murmurar y a verme de manera hostil.
El hombre que me ayudó a cerrar la puerta le interrumpió y dijo algo que tranquilizó a la multitud. Sin embargo las miradas de todos seguían sobre mí.

- Tú te bajas aquí, no te queremos en este tren - Alguien agregó en inglés señalándome.

- Necesito ir a Barcelona, tu no me ordenas donde me tengo que bajar. - respondí molesto.

- Estamos cerca de Budapest, te bajas aquí o te linchamos entre todos.

- Insistió el hombre - tu los has traído - remarcó.

El tren comenzaba a perder velocidad, desde el vagón de al lado se escuchó una detonación. Sólo faltaban unos pocos kilómetros para la estación de Budapest.

Mis planes parecían irse abajo justo cuando pensé que todo sería más fácil. Yo, que llevaba kilómetros huyendo de ISIS y estos desconocidos culpándome de haberlos traído.

Nadie parecía saber que iba a suceder en la estación. Seguramente habrían mas terroristas en los otros vagones y yo, de nuevo no iba a saber siquiera a donde ir. Pensé incluso en utilizar la pistola, pero no quería causar más problemas y preferí intentar mantenerme lo más alejado de la situación y no levantar sospechas inexistentes.

El vagón finalmente se detuvo en el andén. Las puertas tardaron unos minutos en abrir. Tiempo suficiente para causar caos y desesperar más a las personas que salieron huyendo en todas direcciones.

Yo mismo fui casi expulsado a la fuerza del vagón. Y me detuve frente al tren que apenas dio tiempo a los pasajeros para volver a cerrar las puertas y seguir su trayecto. Los terroristas seguían dentro. Nunca supe cuáles eran sus intensiones, pero de momento parecía haberme librado de ellos de nuevo.

El andén se mantuvo llego de gente sin rumbo durante varios minutos. Yo mismo había perdido mi rumbo. No se me ocurría otra cosa que preguntar  a alguien dispuesto a comunicarse conmigo a donde iría el próximo tren.
- Milán -respondió alguien dentro de la multitud.

Dentro de la multitud, logré reconocer a algún islamista que seguía entre la gente y que ocultaba un arma dentro de la chaqueta. Todos parecían muy distraídos para notarlo, pero yo  ya había adquirido el olfato para detectarlos.

Intenté alejarme lo más posible de él, pues él si se dio cuenta de que lo había descubierto. Entonces me fui a esperar al otro lado del andén.

Un grupo de cabezas rapadas estaban en ese lado y también me vieron con desconfianza.

La multitud y el desorden no permitían a nadie darse cuenta de lo que sucedía. Un flujo de intereses personales y comunes corrían por entre la gente. Todos con un destino incierto. 

El tren se acercaba lentamente a lo lejos, podían verse sus luces encendidas entre la tormenta de nieve que caía alrededor. Los cielos casi despejados de Arabia habían sido casi un regalo desde el comienzo del camino, pero en Europa las tormentas no hacían sino caer y oscurecer lo ya de por si, deprimentes últimos días.

Sin darme cuenta me encontraba rodeado por varios hombres que empezaron a increparme y a decirme cosas en una lengua que no lograba entender. Empezaban a empujarme hacia el borde del andén. Supongo querían tirarme a los raíles ante la inminente llegada del tren.
De la nada otras personas comenzaron a empujar, habiéndose dado cuenta de lo que sucedía. Supongo les reclamaban su actitud hacia mí. Yo seguía aferrado a mi mochila. Aterrado.

Unos hombres sacaron desde algún punto del largo andén pistolas y comenzaron a disparar al techo. Muchos comenzaron a tirarse al suelo, incluso varios de las cabezas rapadas que me agobiaban.

El maquinista del tren al darse cuenta de la situación,  no se detuvo a pesar de su lenta marcha. Siguió de largo por dentro del túnel a la misma velocidad. 

Me tiré a las vías a ver si lograba alcanzarlo. Era la única manera de volver, no me daría tiempo de llegar si no lo intentaba, aunque parecía una solución inútil y absurda.
Uno de los acosadores que seguía en el suelo intentó cogerme por la chaqueta mientras gritaba a los otros. Pero el caos no le permitió ni a él ni a sus compañeros perseguirme. Los hombres con las armas ya estaban sobre ellos y seguían dando tiros. Yo mismo esperaba en cualquier momento recibir uno y no poder darle el fin esperado a mi viaje.

Corrí durante unos minutos por entre los raíles.

No sé cuanto corrí, pero no miré atrás. Algunos siguieron mis pasos, pero iban mas cargados y su marcha era más lenta. El tren iba mucho más rápido que yo y pensé que ni lo lograría y que sólo corría para auto engañarme, creer que llegaría.

Cientos de metros más adelante el tren se detuvo y logré ver como de los vagones comenzaba a salir la gente que se suponía tenía que haberse bajado en Budapest. Mientras ellos bajaban, tuve tiempo de alcanzar al tren y, temiendo quedarme fuera, fui entrando y saliendo de los vagones hasta llegar al primer vagón.

Quería intentar hablar con el maquinista, saber el destino y cuánto tardaríamos en llegar.

Logré dar con él, se encontraba encerrado en su cabina. Inmóvil, paralizado, aislado.

Desde la estación seguían llegando personas desesperadas por partir, y de la nada, el maquinista simplemente anuncia que pone en marcha el tren de nuevo.

Una vez en marcha el tren y a manera informativa y más bien terapéutica, comenzó a explicar su ruta en Italiano. Explicó las paradas que realizaría y la hora esperada de llegada.

De nuevo estaría varias horas en un tren, sin poder comunicarme contigo ni con mi familia al otro lado del océano. Pero intenté chantajear al maquinista para poder hablar con él y tener un poco de privacidad dentro de su cabina.

Contra el cristal y tapando con la mochila, le mostré mi móvil, encendido y con señal. Su primera reacción fue de susto y sorpresa. Luego me aclaró que pensó que era un terrorista y que activaría una bomba con el móvil.

Obviamente el hombre accedió a dejarme entrar. Hablaba italiano y alguna palabra en inglés. Por lo que la comunicación fue no muy fluida, pero posible. 

El hombre antes de soltar media palabra aprovechó de llamar a compañeros, amigos, familiares. Los minutos pasaron rápidamente hasta que el maquinista quedó saciado de comunicaciones. Yo mientras tanto esperaba, paciente dentro de la comodidad de la cabina, mientras veía los paisajes nevados y los cielos que en el camino dejaban de estar tormentosos y daban paso a algunos rayos de sol que no alcanzaban a derretir las nieves que se acumulaban por doquier.

- Me llamo Fabio - Aclaró en Italiano - este tren, como ya avisé va a Milán. ¿A dónde vas tu? - comenzó a conversar.

- Voy a Barcelona - no quise dar detalles.

- Lo tienes difícil, los trenes no van a funcionar hasta el final. Este es mi último viaje. ¿Cómo vas a llegar?

- La verdad no lo sé. Simplemente intento llegar lo más cerca que puedo y encontrar la manera de seguir. Llevo así desde Doha, en Catar.

- ¡Nooooooo!. ¿O sea que eres uno de ellos? ¿Qué quieres de mi? - interrumpió haciendo esos gestos con las manos tan típicos de los italianos.

- No soy uno de ellos, ¿te refieres a ISIS?. He tenido que hacerme pasar por ellos en parte del trayecto para poder llegar hasta aquí. Solo quiero llegar a mi casa... y de ti quiero pues un poco de conversación... información.

- ¿Qué quieres saber? - preguntó dudoso Fabio.

- Pues básicamente cómo llegar a mi casa y hasta cuándo podré ir en tren. No sé ya ni cuánto queda para el fin ni hasta cuándo trabajaréis... ¿Cómo es que estáis trabajando mientras la gente ha enloquecido? ¿Por qué no estáis en casa con vuestras familias?

- Vamos por partes - comenzó a responder mis dudas - Si vas a Barcelona debes bajarte en Milán y tomar el tren a Ventimiglia. Desde allí conectas con un tren que va a Barcelona. Con suerte podrías coger el último tren que hay. El servicio acabará la mañana del 25. A partir de ese día todos nos quedaremos en nuestras casas. Los sistemas eléctricos seguirán funcionando en automático, pero los trenes no pueden. Ya a esa hora todos deberían estar en sus casas y en el caso de los que somos creyentes, celebrando nuestra última navidad en familia, recogidos a la espera del fin.

- Y... ¿Por qué lo hacéis? - pregunté dudoso.

- Ahora estamos trabajando con servicios mínimos. No nos detenemos en todas las estaciones y... como has visto... tampoco nos arriesgamos. Los trabajadores públicos a escala mundial o al menos en Europa, nos hemos puesto de acuerdo para poder asistir a la mayor cantidad de gente que necesite desplazarse, que necesite electricidad, agua; sobre todo si eso no implica estar lejos de nuestras casas e inseguros. Digamos, es un "regalo" que todos hemos decidido darle a la gente... pero te aclaro... sin arriesgarnos. 

El hombre hablaba y me explicaba las razones por las que no se detuvo en la estación de Budapest, por su seguridad obviamente, me habló de su viudez y de que entre sus compañeros decidieron quien haría los viajes largos para poder reunirse con familiares o amigos. El intentaría estar con su hijo, su yerna y sus dos nietos, que a su vez, ya estaban junto con los padres de ella. El estaba casi sólo en la vida y prefirió entregarse a su ocupación hasta el último momento que pudiese. Me aclaró que las comunicaciones seguían funcionando a medias y que le extrañaba que no me pudiese comunicar contigo, pues casi toda Europa seguía comunicada.

Pensé lo peor, pues tu falta de respuestas, empezaó a crear un huracán de dudas. Pero pensé: 

- ¿Pero si los mensajes están siendo leídos?

Inmediatamente cogí el móvil e insistí, de nuevo sin encontrar respuesta de tu parte. En cambio, recibí un mensaje de Willy notificandome de su arribada a Beirut. De varios familiares y amigos diciéndome que estaban bien y preguntándose cómo estaba.

Ya había pasado el medio día y había olvidado contactar a mi familia. Sin embargo intenté llamar, pues aparecían conectados.

- Hola ¿quien eres? - preguntaron del otro lado

- ¿Quién eres tú? - respondí impresionado.

- Supongo que eres familiar de "LosQuieroMucho".- Era el sobrenombre con el que mi hermana solía conectarse a hablar con Skype conmigo.

- Si, es mi hermana.

- No tengo tiempo para dar explicaciones porque nuestro tiempo es limitado. Pero no deben estar ahora. Dime tu nombre y le dejaré una nota al párroco para que les avise y les deje tu mensaje.

Le di mi nombre al extraño, diciéndole a mi familia que seguía bien y dónde me encontraba. Que intentaría llamar al día siguiente.

23 Diciembre

La mañana nos arropó, mientras tanto Fabio seguía sentado en su asiento de maquinista.

- Ya estamos a punto de llegar. No puedes perder tiempo, sino no lo lograrás. - fue su frio pero reconfortante saludo de buenos días.

- ¿Qué tren debo coger? – pregunté

- Ya le he enviado un mensaje por radio a mi compañero del tren a Ventimiglia. Le he dicho que te eche una mano para que puedas llegar a tiempo. Me ha dicho que ha tenido un problema parecido a lo que nos sucedió el Milán. No le abrirá a nadie la puerta más que a ti, posiblemente tengas que correr detrás del tren como hiciste en Budapest. La gente está loca en todas partes y nosotros aseguraremos primero nuestro bienestar. - Me señaló las cámaras del tren mostrándome a gente golpeándose y discutiendo en algunos vagones.

- Muchas gracias. - interrumpí para evitar ver las imágenes de lo que parecía el fin de la razón, en los momentos en los que más juntos tendríamos que estar todos.

- Tendrás que prestarle tu móvil. ¿Cómo es que tienes conexión? - finalizó Fabio.

Mientras le explicaba los detalles  y le contaba de mi recorrido por Oriente Medio, Milán se apareció de la nada. Durante todo el día no había comido ni bebido agua. Mucho menos hacer mis necesidades. 

El tren se detuvo en una improvisada estación en medio de los raíles y lejos del monumental edificio que recuerdo en un viaje que hicimos hace muchos años a esta ciudad.

La gente, un poco menos violenta, esperaba a los lados, pero tal y como me lo advirtió Fabio, el tren no se detuvo delante de la multitud. También me dijo donde esperar al siguiente tren para no tener que correr y que me diese tiempo de subir al tren.

Antes de dejarme ir, también me dio un par de botellas de agua y refresco (el último que probaría en mi vida) y un par de "paninis" que no había querido ofrecer antes por los miedos que tenía sobre mi antes de nuestra larga conversación. Tampoco le pedí nada en todo el camino.

La gente salía de los vagones desesperada y huían en el sentido contrario al que me había dicho Fabio.

Al llegar al lugar indicado por él. Un amasijo de vías férreas entrecruzadas. Me senté a esperar el tren que no tardaría en pasar. Aproveché de comer parte de uno de los paninis y me bebí el refresco entero. Aproveché de hacer mis necesidades, en medio de la nada, por primera vez en mi vida, y sin importar si a lo lejos alguien me veía. De todas formas estaba solo y el frio tampoco hacía muy agradable estar afuera a nadie. Apenas lograba ver a varios cientos de metros a la gente reunida en la improvisada estación.

El tren llegó como lo planeado. Se detuvo a pocos metros de mí, pero a varios cientos de metros de la estación. La gente volvía a salir desesperada mientras yo le hacía señales al nuevo maquinista, quien me reconoció de inmediato con una sonrisa cómplice.
El tren estuvo vacío, sólo por unos momentos, los suficientes para poder entrar al servicio y lavarme las manos y la cara. Luego corrí a la cabina. Donde un amable compañero de Fabio me recibió de la misma manera y me llevó hasta Vintimiglia, planificándome también, de manera semejante mi siguiente trayecto: 

- No tendrás que hacer mas escalas. El próximo tren hará: Vintimiglia - Niza  - Marsella - Cerbère - Barcelona. Con suerte te quedará aún un día para llegar a tu casa.

Las condiciones fueron las mismas y el procedimiento semejante.

Una vez camino a Barcelona, una especie de tranquilidad me invadió, que sólo fue interrumpida por las preocupaciones referentes al clima... y al tiempo. No quedaba mucho tiempo y al amanecer pude ver lo cerca que ya aparecía Gabriel en el horizonte. Ya hasta comenzaba a eclipsar al sol, pues no sólo el invierno debilitaba los pocos rayos que podían verse cuando las nubes lo permitían. El cielo parecía no querer dar pistas de lo cercano que estaba nuestro fin.

A medio día pude hablar con mi familia y responder, con calma algunos mensajes a familiares y amigos. También recibir noticias del mundo a través de la radio, que no daban una perspectiva optimista respecto al fin. Las sociedades habían caído y los que aún estábamos fuera de nuestras casas, y más aún los que trabajaban por "amor al arte" eran considerados "Héroes".

La noche cayó y pronto llegamos a Cerbère. Nuestra última parada antes de llegar a Barcelona. 

Poca gente había ya a esa hora y en una población pequeña como ésta. Los problemas de terroristas, gente enloquecida, tumultos y esquizofrenia colectiva parecían haber llegado a su fin. 

El maquinista decidió detener el vagón en la estación a pesar de las experiencias en otras estaciones y tomarse su tiempo para hacer sus necesidades. Yo aproveché para hacer las mías y así custodiarnos mutuamente, pues a pesar del clima de tranquilidad seguíamos expuestos.

Su parada era Barcelona, pues el hombre era de allí. Pere se llamaba, mi último aparente compañero de viaje y con quien poco empaticé a pesar de hablar la misma lengua y haber hecho el recorrido más rápido y tranquilo en tren.

Yo tampoco tenía muchas ganas de empatía. Solo quería llegar, y pude intuir en su actitud que él quería lo mismo. 

Era el último servicio de tren que había por lo que no podíamos permitirnos, ninguno de los dos no llegar.

El vivía en L'Hospitalet, una ciudad dormitorio de los alrededores de Barcelona y no muy lejos de la estación de Sants. Pero yo no necesitaba llegar a Barcelona. Necesitaba llegar a Blanes y la única parada posible y no en su itinerario era Girona. Donde yo quería bajarme para, desde allí llegar, no sé como a Blanes.

- No te preocupes, nos detendremos en varios puntos del recorrido Figueres, Girona, Granollers y finalmente Barcelona. Si quieres llegarte hasta allí, que sepas que en Girona, Granollers y Barcelona hay follón... Tendrás que correr como has hecho al montarte.

- Yo me quedo en Girona. - Sentencié.

Después de un breve reposo, en el cual el vagón se llenó de gente salida de la nada, nos montamos en la cabina y Pere hizo el llamado para inmediatamente ponerse en marcha.

Capítulo IX. Ya estoy aquí.

24 Diciembre

A pesar de la velocidad a la que podía ir el tren, y debido a la capacidad limitada del servicio que prestaba la red eléctrica, el tren fue particularmente lento.

Casi 3 horas tardó el tren en llegar a Girona, con lo cual las primeras luces del día anunciaron que mi destino estaba próximo.

Apenas había dormido y tenía pocas fuerzas físicas para seguir, pero debía hacerlo.

El frío, el cansancio, la mugre que me envolvía y el hambre que me había obligado a pasar, pues apenas me quedaba algo de agua y parte del segundo bocadillo, querían vencerme, pero la situación fuera del tren no parecía fácil.

Alrededor de las vías del tren yacían contenedores de basura queriendo impedir el paso del tren, y adolescentes (o al menos eso parecían) encapuchados brincaban enardecidos de un lado a otro de las vías sin motivo aparente.

El tren se detuvo varios metros más adelante de la estación, donde habían trifulcas, como anunciaron por la radio y como pudimos corroborar desde la cabina.

Anarquistas, inmigrantes subsaharianos, radicales islamitas, skinheads y hasta curiosos sin oficio en una batalla campal de restos de basura e improvisadas bombas molotov. La estación estaba, incluso desprovista de pasajeros. Algunas botellas cayeron incluso sobre las lunas del tren a su paso.

Yo salí corriendo a esconderme detrás de un edificio aparentemente abandonado al lado de una central eléctrica de transformación.

El sonido de cristales rotos y gritos de histeria y de terror me mantuvieron alerta al menos por una hora, hasta que se hizo el silencio. 

Pensé que todo se había acabado así, sin dolor, sin sensación, sin nada que sentir. Yo solo escondido en un rincón de un sitio inmundo, como un vagabundo. Como lo que había estado siendo durante éste viaje. Incluso antes del viaje.

Me asomé al exterior para verificar que estaba a salvo. Las horas de espera absurdas me habían permitido descansar, pero me habían retrasado, debía seguir, ya estaba casi en casa.

La guerra de bandas había terminado momentáneamente. 

Sigiloso salí del edificio y comencé a caminar por las vías del tren, pues debían llegar a Blanes. 

Era medio día, pero hacía frío y había suficiente nieve como para empeorar la situación. El cielo comenzaba a despejarse, pero sin calentar en absoluto. Intentaba mantenerme por mi cuenta caliente, frotando mis manos y sacando cuentas de las horas que me quedaban para llegar si seguía a pie. 

Las cuentas no me daban, sabía que la caída de Gabriel se produciría hoy, y a pié necesitaba al menos 12 horas para llegar, necesitaba otro medio de transporte, pero no quería ser detenido por nadie más.

A la caída del sol Gabriel ya lucía cercano y abrazador. No me quedaba ya demasiado tiempo para lograr mi cometido. Mi cuerpo ya no daba mucho más. Sentía como si hubiese envejecido 100 años en los pocos días de haberse descubierto nuestro fin. Pero no me daría por vencido a tan pocos kilómetros de mi meta.

Caminé unas 8 horas, sin parar. La botella de agua comenzaba a advertirme que parase pues ya no quedaba mucha agua. La nieve que reposaba sobre el suelo hizo de sustituto, pero estaba tan fría que apenas se dejaba beber. 

Cada vez que cogía un poco con las manos para comer un poco sentía como agujas clavándose en mis manos. Me iba a dar por vencido pero:

- ¿Por qué ahora? ¡Ya he llegado! - Me increpaba. 

La oscuridad me hizo sentirme perdido dentro de las vías por lo que decidí, muy en contra de mi voluntad, ir hasta unas casas cercanas a buscar refugio y ayuda.

No quedaba nada ni nadie. Algunos animales de corral esperaban el final en sus jaulas. La oscuridad y el cansancio no me permitieron encontrar algún vehículo, aunque sea agrícola para seguir.

Solo una bicicleta, en buen estado esperaba amarrada a un árbol.

Se notaba que no hace mucho se habían ido de allí sus propietarios.

Grité a ver si alguien me respondía pero no obtuve respuesta.

La puerta de la masía estaba cerrada, pero tuve una idea.

Las paredes de la masía y del establo se estremecieron con el disparo que salió de la pistola que tuve escondida todo este tiempo.
La puerta de la vivienda se abrió y pude entrar a buscar algo de comer y beber. Algo para calentarme.

En la casa seguía corriendo el agua, no había luz. En la cocina, quedaba algún bote de mayonesa o ketchup y algunos vegetales en mal estado. En la despensa un poco de pan viejo que no dude en comerme.

En las habitaciones quedaba un poco de ropa de trabajo alguna suficiente como para abrigarme bien. Guantes Bufandas, gorros, Zapatos.

Mis ánimos cambiaron drásticamente y hasta decidí ducharme a pesar de lo frío del agua.

Quería que me vieses al menos limpio por última vez.

El baño fue rápido e inmediatamente salí de la masía.

El móvil aún tenía carga por lo que te envié uno de los últimos mensajes:

- Estoy en algún lugar de Riudellots. Estaré allí en  aproximadamente 3 horas. Te quiero.

La pistola volvió a retumbar, esta vez para romper las cadenas que retenían la bicicleta abandonada.

Cuando me agaché para recogerla del  suelo el amuleto turco cayó al suelo y se rompió. Me venía acompañando desde Arabia y parecía haberme dado suerte durante el camino, pero al romperse, me indicaba que la suerte ya no seguiría estando de mi parte. Sin embargo, las ansias por verte me daban fuerzas para seguir. Ningún amuleto roto me detendría a estas alturas.

Me dirigí hacia la carretera, el camino que conocía. 

La carretera oscura y solitaria se desplegaba ante mí, iluminada por una luz extraña que venía del horizonte. 

No hubo coches durante el camino, pedaleé sin darme cuenta siquiera en qué dirección iba, pero era la correcta. El asfalto era resbaladizo por la temperatura y La nieve se acumulaba a los lados de la vía, recordándome a las chicas que acostumbraban a ofrecer sus servicios en ellas. Las colinas no fueron impedimento para las pocas fuerzas que me quedaban  y aunque tiritaba del frío, el titilar de las luces de la bicicleta me daban confianza para saber que seguía en buen camino.

Sólo unos jabalíes se atrevieron a ponerse en mi camino, casi haciéndome caer. Y pensé en el amuleto roto:  

- Jamás se me había atravesado un animal en el camino hasta hoy... vaya suerte.

Al llegar a Tordera, la carretera se abría hasta el mar. La oscuridad era casi absoluta en el pueblo que dejaba a un lado y desde las pequeñas colinas el mediterráneo reflejaba las luces del cielo. No era la luna, era Gabriel.

Seguí pedaleando hasta llegar a Blanes, donde una última colina me esperaba antes de volver a descender hasta La Palomera

Me detuve en la cima para escribirte mi último mensaje, pues la llegada de Gabriel era inminente.

-Ven a La Palomera estoy llegando. Sé que estarás allí.

Las dos marcas azules volvieron a sorprenderme en la pantalla del móvil. Y con todas mis fuerzas seguí mi camino hasta el lugar que ambos recordábamos, pues sobre ese trozo de roca nos habíamos prometido.


25 diciembre

El cielo lucía iluminado, las memorias de mis navidades en mi país de origen, con miles de fuegos artificiales acompañando la apertura de los regalos de navidad me hicieron sentirme tranquilo y confortable. Miles de explosiones se escuchaban a lo lejos. 

El pueblo lucía desolado, pero vi tu silueta que se acercaba hasta el lugar de encuentro.

Mis lágrimas comenzaron a nublar mi vista y tuve que detenerme y bajar de la bicicleta para acabar a pié.

Venías con los perritos, que se te adelantaron para venir a recibirme. Me reconocieron. Cómo no hacerlo si después de ti y mi familia eran los seres a los que más quería.

Corrí hacia ti pero me detuve a unos pocos metros, pues los canes interrumpían de alegría mi paso. Entonces rompiste el silencio que había entre los dos:

-Es demasiado tarde.

-No, he llegado a tiempo para veros por última vez.

Las sombras que proyectaban las luces del cielo, caían primero sobre tu cara, donde podía leerse prácticamente toda la silueta de los edificios del pueblo, las montañas que lo rodeaban, los árboles, la torre de ermita que domina el flanco norte del Pueblo.

El bólido pasó rápidamente sobre nosotros y las sombras se proyectaron esta vez sobre mí.

Una luz enceguecedora no impidió que siguiera viéndote. Estaba tan cerca y estaba paralizado, delante de ti después de tantos días queriendo estar contigo. Las memorias de mi vida, desde mi infancia, pasaron por mi mente tan rápido que la última imagen volviste a ser tu, de pié, esperándome delante del mar, en Blanes.

Quién hubiese imaginado que todo acabaría así, allí. ¿Quién apostaba a que lograría mi objetivo de llegar a casa y verte por última vez? Me acerqué para besarte y abrazarte.

Mis ojos vítreos y llorosos reflejaron la gran explosión que segundos después interrumpió nuestras miradas que ya solo se encontraban a unas decenas de  centímetros. Cuando el inminente fin sólo permitió decir:

-Nos vemos en... - aclaramos al unísono, pero el fin no nos dejó, esta vez, concretar el lugar de encuentro.

FIN.







Epílogo

- Hola. Te echo de menos. Espero poder estar pronto en casa. Necesito verte antes que todo acabe.

- Hola. Sólo quiero que sepas que estoy bien y que voy de camino. Espero que puedas escuchar y responderme el mensaje. Besos. Te quiero.

- Hola. Hemos avanzado parte del recorrido, pronto dejaremos Arabia y espero el resto del camino sea más fácil. Estoy más cerca de ti. Por favor espérame. Llegaré.      


- No puedo seguir así, al menos debería decirle: "hola estoy bien, te estoy esperando".

- Lo que deberías es contestarle y contarle todo. No le sigas dando esperanza de que vaya a poder lograrlo.

- No lo puedo dejar tirado en medio de la nada.

- ¿Y que vas a hacer cuando llegue? ¿Decirle: Hola que tal, mi último día lo voy a pasar con otro?

- No. Está haciendo todo esto por mí. No puedo impedirle que haga lo que desea. No puedo decepcionarlo de esta manera a estas alturas. Lo está haciendo por mí.

- Pero ahora estamos juntos el te ha abandonado en medio de esta situación. Te ha dejado aquí sola todo este tiempo. Él se lo ha buscado.  Ya hemos decidido que vamos a acabar juntos. Vamos a disfrutar los pocos días que nos quedan. Olvídate de él.

- Es lo mejor. Si llega, se lo explicaré, no tendré otra opción. Ahora estamos juntos y así acabaremos.
  
25 de diciembre.

- Lo siento, voy a salir a recibirlo. ¡Ha llegado, no puede ser cierto!
- No salgas, está a punto de...
- Me llevo a los perros, merece verlos por última vez.