Los hospitales, esos lugares tristes y deprimentes
casi siempre... (Si... Casi... Pues supongo que las que van a arreglarse las
tetas o la nariz no van precisamente descontentos/as a pasarse por el quirófano)
Gente somnolienta de analgésicos, otros por la edad, algunos con lágrimas
de dolor, que parecen contagiarte al cabo de pocos segundos, gemidos de señoras
envueltas en sus mantas, bajo las cuales parecieran esconder a un amante y no
al mal que les aflige.
Y de repente, me encuentro en uno de ellos, el hospital, trayendo a uno de
mis trabajadores que ha tenido un pequeño accidente laboral (tema para otra
entrada del blog).
La sala de espera abarrotada como de costumbre con gente afectada por
cientos de causas.
Un señor en una silla de ruedas que tiembla. Se ve muy mal. Viene envuelto
con una gran y gruesa cobija por donde se asoman sus piececillos envueltos en
calcetines y remangados hacia abajo, dejando descubiertas sus también
temblorosas piernas.
Sus hijos/ nietos/ amigos/ o lo que sea, le acompañan e intentan cubrirle
para mitigar el frío que el pobre hombre tiene. La doblan tanto la manta que
crean una improvisada almohada sobre la que el viejecito apoya y deja descansar
tiernamente su cabeza, mientras sus piernas cuelgan semidesnudas (y temblorosas
aún), junto con los tubos que conectan en varias partes de su cuerpo.
Los familiares le siguen atendiendo y vuelven a mi mente los miedos que mas
me aterran y que siempre he sentido como causa de todas (bueno algunas) fobias:
la soledad.
¿Habrá alguien cuidando de mi cuándo esté en ese estado?
Eso espero, sino desde ya os autorizo desde ya a
desconectarme cuando llegue el momento.
P.D: Ningún animal ha sido maltratado para escribir esta entrada.


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