Domingo por la mañana de un día de invierno de diciembre 2014, Marrakech.
La luz pálida apaga el rosa salmón de las fachadas de los edificios de la avenida antaño de France y ahora con nombre de rey.
Las parejas o amigos se sientan a planificar, o bien su ruta turística, o bien a hablar, entre otras cosas, del partido de fútbol del día anterior.
Yo, como de costumbre, compartiendo las fotos de mis perros que guardo en el móvil, tal como los padres de antaño hacen con las foto tamaño carnet de sus hijos. Tomo el desayuno con un amigo, en la terraza del café "d'habitude".
Las parejas siguen su conversación.
Un hombre se sienta solitario, pide el periódico, se le ve entre alegre y normal. ¿Viaje de negocios? ¿escapada (no)familiar? ¿Escala antes de llegar a Casablanca (mi amigo sugiere mas tarde que parece de allí)?... No lo sabemos.. nuestros desayunos "continental" nos entretienen mucho mas que la simple presencia de otro cliente mas.
Suena un teléfono:
-NO! NO! NO! - grita el hombre solitario.
Se levanta de la mesa, deja el periódico a medio leer, al igual que su Tablet. Se levanta y sale a la avenida.
Escucha la llamada, llora, camina en círculos, se detiene para sentarse sobre un coche aparcado en la calzada.
Desde las mesas se ha convertido en el punto focal de un cuadro a juego con el clima. Triste, Gris, desolador.
Seguimos con nuestro desayuno sin dejar de observar que sucede con el hombre, que sigue envuelto en lágrimas y que se encuentra ahora en medio del boulevard, sentado en uno de los pocos bancos que en él hay.
¿Qué ha pasado?, especulamos.
¿Habrá muerto un familiar inesperadamente? ¿Habrá fracasado en un negocio? no, esas reacciones no son por cosas materiales. ¿le habrá dejado su esposa/ pareja?
No, definitivamente esas lágrimas son por la pérdida de alguien. La sensación de no estar en un lugar para poder ver por última vez a... un/a hijo/a? ... un padre?... un hermano/a? ... un amante?... es esa la sensación... la conozco, aunque no la he vivido (todavía)
El hombre vuelve a su mesa después de varios minutos.
Nuestros cafés y zumos ya se han terminado y ya está sobre nuestra mesa el monto que debemos pagar estampado en un trozo inmundo de papel... igual de asqueroso que el que ha pedido el hombre solitario.
El hombre paga su cuenta, solo para volver, derrotado en su angustia, al banco en medio del boulevard.
Allí queda, acompañado por su dolor y por la lluvia que comienza a caer.

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